El odio, ese placer, ese vicio

- 29/01/10
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Cucu Diamantes, la prima putativa de Elpidio Valdés, y esa parodia de una fallida parodia que es Edmundo García. Dos invitados a hablar en La Habana en nombre del exilio.

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No saben qué hacer con el odio esos dos, esos tantos, pero lo sacan a pasear cada vez que tienen ocasión. O revolución. Lo han criado, lo han mimado.

¡Mira qué lindo mi odio, papi! (O mami, según el caso.) Y los espasmos, la pelvis martilleando la tibia… Pim, pam… Pim, pam…

Tienen ese animalito ahí. El odio, esa bestiecita. Le acarician el hocico para que gruña. Grrr… Grrr… Raspa, sí, pero parece que raspa rico.

¿De dónde lo sacaron tan grande y tan perdurable? Ese odio, digo. A veces es lo único que tienen para distinguirse. «Yo odio», dicen y enseguida comienzan a conjugar en negativo y con adverbio añadido: «Tú no odias bastante; él no odia bastante; etc…»

Bueno, sí, allá está el odio de la gentuza castrista. Ese odio es por comer. Ñgrr… Ñgrr…

Pero el odio de los que ya comen… Ese otro odio, odio prestado… Llenito el carro en el Publix o el Carrefour…

Yo lo conozco a veces, ¿a qué negarlo? Pero me lo guardo. Lo amaso y amanso. El odio, como el amor, es una pulsión íntima.

Hay tipos de estos que odian por odiar. Por vicio. Por oficio. Vificio.

El odio. ¿Qué coño van a hacer con él cuando se mueran? ¿Se heredará el odio? ¿Se mama el odio, Cucu, Edmundo?

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Los Van Van, Key West y las palabras

- 28/01/10
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Los Van Van en Key West

Los Van Van en Key West

Los Van Van, una banda cubana, darán un concierto hoy en Fort Zachary Taylor, Key West, aka Cayo Hueso. El primero de unos setenta en los EE.UU.

La casualidad ha querido que este primer concierto tenga lugar en el mismo fuerte al que llegaron muchos barcos llenos de refugiados cubanos en 1980, cuando se salía de Mariel. El mismo fuerte que jugó un papel relevante durante la guerra entre EE.UU. y España en 1898 que nos regaló una república. El mismo fuerte que atesora una de las más grandes colecciones de cañones de la Guerra civil norteamericana. Encima, por si fuera poco, hoy se celebra natalicio de José Martí, al que algunos cubanos llaman «Apóstol».

Las presentaciones de Los Van Van en EE.UU., especialmente la venidera en Miami, han provocado un duelo de vallas ―mercado vs. política―, miríficas, aunque bravuconas, llamadas a la reconciliación, airadas convocatorias a protestar contra los «esbirros». Con todo, los tickets están todos vendidos y en bolsillos de exiliados o emigrantes…

Ay, mamá, cuánto me divierte e ilumina la imaginaria nube de tags que emana de esa docena de líneas meramente descriptivas:

Banda, Cuba, EE.UU., Fuerte, Casualidad, Refugiados, Mariel, República, Cañones, Guerra civil, José Martí, Apóstol, Miami, Duelo, Mercado, Política, Reconciliación, Esbirros, Vendidos, Bolsillos, Exiliados, Emigrantes…

¿Maldición de Cuba? ¿Suerte, porque se la pueda explicar en tan pocas palabras?

¿O maldición y a la vez suerte de las palabras, esos animalitos tan indóciles?

La imagen es cortesía de Somos de Barrio

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Pan y memoria

- 27/01/10
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Hoy se celebra en todo el mundo ―es un decir―, el Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto. Se instituyó precisamente la fecha de hoy, porque fue el 27 de enero de 1945 que los soldados soviéticos llegaron a las lindes del campo de Auschwitz.

Esto fue lo que encontraron, aproximadamente:

(Hasta 01:48)

De los muchos testimonios de recluidos en los campos que guarda mi biblioteca y que releo una y otra vez ―Jean Améry, Primo Levi, Margarite Buber-Neumann, Imre Kertész, Jorge Semprún, Roman Frister…―, hay unas páginas de La gorra o el precio de la vida, del último, que suelo referir cuando alguien me pregunta por la maquinaria de deshumanización de los campos, expuesta magistralmente por Giorgio Agamben en Homo Sacer, ese catálogo profundo, sagaz y terrible de la «vida nuda».

Se trata del relato que hace Frister de las visitas a su padre en la enfermería del campo de Majowka. Su padre agonizaba, quemado por el tifus. En una de las visitas, Frister descubre que guardaba un mendrugo bajo el jergón lleno de piojos de la enfermería. Su primera tentación fue arrebatárselo: la muerte de su padre era cuestión de días, de horas: ¿qué importaban unos gramos más o menos de pan? Sin embargo, no lo hizo. Un prurito de dignidad latía todavía en él: no le arrancaría a su padre aquel trozo de pan mohoso, mientras estuviera con vida. Pero a partir de ese momento, su única obsesión fue que su padre muriera pronto, desear con todas sus fuerzas la muerte que le permitiría tragarse el pan sin, creía entonces, remordimientos de conciencia.

En su dimensión moral, la historia no acabó nunca para Roman Frister, sobreviviente que tuvo la suerte ―dudosa, pero suerte al fin― de testificar en juicios contra nazis. Entonces, y lo anoto para quien no conozca el libro, la historia acabó con que el padre murió y el pan se lo zampó un enfermero.

Guárdese por siempre la memoria del horror. Sin ella, somos menos hombres, apenas lo somos, y desmerecemos el pan que nos llevamos a la boca cada mañana.

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