Haciendo honor a la últimamente tan desatendida vocación de servicio público de ETDLV, siguen varios testimonios de nuestra juventud rebelde.
¿Qué para qué sirven?
Facilito, oigan.
Cada vez que nos vengan de ahora en adelante con la cantaleta de la reconciliación, volvamos aquí, escuchemos atentamente y solacémonos con pregunta retórica pronunciada en tono de sorpresa y enarcadas las cejas: «Ah, ¿pero esta es la gente con la que me tengo que reconciliar?»
Dicha con la entonación correcta la frase sumirá a nuestro interlocutor en la más profunda inopia pues no sabrá si damos la reconciliación por pan comido o misión imposible.
Bueno, Comandante, yo no quería decir nada, solamente… Yo, como todos, vinimos a escucharlo y a aprender de usted, y pienso que usted muchas veces nos ha hablado y nos ha dicho que si Hitler hubiera tenido detrás a un pueblo como el cubano no hubiera hecho lo que hizo. Pienso que solamente con su ejemplo, sus enseñanzas, su inspiración y la de un pueblo educado por usted, como el pueblo cubano, se puede persuadir al mal y al más odioso de los enemigos de la humanidad que es el imperialismo yanki, y me gustaría mucho seguirlo escuchando.
Y ni les digo de estos jóvenes rebeldes que acaban de encontrar camino en El Tubo, suerte de contundente tapa al pomo:
De contra:
Por cierto, les recomiendo vivamente el material completo sobre Gente de Zona.
Esas imágenes en el Hotel Capri enseñan más sobre Cuba que la colección completa del puñado de diarios que se ocupan de esa isla y sus gentes. ¡Mucho más!
Y no fue Washington quien se encargó de responder a ese zombi enfermo de fin-del-mundismo…
Lo hizo Hollywood. Hace rato: tenía lista la réplica.
«Do you like Castro?», pregunta Hope Holiday ―claramente elegida para el papel por las prometedoras resonancias de su nombre.
Y unos instantes más tarde ella misma da la clave a punto de tomar el camino del apartamento: La Habana es una ciudad de hombres cautivos y «Caballo» dopado…
¡Si es que lo que no nos haya dicho ya Billy Wilder, ¿quién nos lo va a descubrir?!
Los de Google, en su afán de digitalizar todo lo que conoció la imprenta antes de que nos diera por leer sobre pantallas, han contabilizado cuántos libros hay en el mundo: 129.864.880 (hasta el domingo pasado).
Son un montón de libros. Y todos estarán pronto disponibles ante cualquiera que tenga conexión a Internet. ¡Estupendo!
El problema, sin embargo, es cómo conseguir que los humanos lean el escaso puñado de libros que urge leer incluso a quien no suele practicar el ejercicio de la lectura.
Son pocos esos libros. Caben en un metro de la balda intermedia de una librería standard de IKEA. Y en menos. Acaso se trate de medio metro de lectura que harían de todo «hombre medio» alguien mejor, alguien más humano en el sentido ―para decirlo rápido― en que la imaginación mejora a los hombres y los hace más felices. Aunque sea imaginación ajena que espolee la propia.
Son pocos, de veras. Digamos, una veintena de libros que compartir entre todos y una docena más que sirva a lectores en tanto sujetos de una lengua o una cultura concretas.
Estupendo, ¡sí!, que Google digitalice esos 129.864.880.
Pero, oigan, el problema es qué hacer ―qué hacen los poderes públicos, los poderes fácticos y la madre que nos parió― para que todo bípedo dotado de raciocinio que se pasea por este planeta lea siquiera alguna vez todo lo que escribió aquel otro «hombre común» que respondía por William Shakespeare.
A esa pregunta, por desgracia, no dan respuesta ni los mentados ni los eficaces algoritmos de Google, Inc.