Hoy hace dieciséis años que llegué a Barcelona. Y aquí me he quedado.
Llegué al amanecer de un 24 de junio desde Francia, cruzando una frontera donde aún te exigían mostrar el pasaporte y uno se exponía a la suspicacia de los oficiales de aduanas y la amaestrada curiosidad de sus perros. Una frontera de hocicos a la que llegué en tren al que subí en la Gare d’Austerlitz, viaje que evoco en un capítulo de Minimal Bildung.
La ciudad a la que salí desde la Estación de Sants olía a humo y cenizas. Los restos de la noche anterior, la de San Juan ―la misma ruidosa noche de fiesta pagana cuyo estruendo persistente me llega ahora desde la calle―, todavía estaban a la vista.
No parecía auspicioso aquel paisaje. De hecho, para alguien que había dejado un ordenado, lánguido y estival París la víspera, la Barcelona marcada por las huellas de la piromanía desenfrenada parecía más bien un sitio del que huir.
¡Qué va! Todo era máscara. Mero susto. Puro humo, que habría dicho GCI.
Vivir aquí es también una fiesta innombrable. Vivir lo es.
Lo comprobarán otros que lleguen hoy a esta ciudad. Y alcancen a contar dieciséis años de dicha.
Les doy aquí formal aunque virtual bienvenida, desconocidos conciudadanos.
No se trata de obra nueva, pero no tenía noticia de ella y me ha producido ―lo poco que he alcanzado a ver y aquí comparto―, una impresión profunda.
Hotel Modern ha reproducido a escala un campo de exterminio y ha fabricado víctimas y verdugos de apenas tres pulgadas de alto. Movidos por los actores, esos muñecos representan diversas escenas propias del universo concentracionario.
Si con Eichmann y de la mano de Hannah Arendt conocimos la «banalidad» del mal, aquí asistimos a su exposición miniaturizada. Y minuciosamente «manipulada».
Traudl Junge fue una de las secretarias de Adolf Hitler. Y fue ella la encargada de tomar al dictado el testamento de su jefe, dos horas antes de que éste se suicidara.
Junge, quien sentía un apego personal por Hitler que le era correspondido, recuerda la sensación que le produjo escuchar el testamento del hombre que había arrastrado a Alemania a la ruina y la devastación. Gitta Sereny lo anotó:
«En ese momento creí que sería la primera persona sobre la faz de la Tierra que entendería por qué fue necesario todo aquello; que diría algo que lo explicaría […], que lo justificaría todo, que nos enseñaría algo, que nos dejaría algo. Pero entonces, Dios mío, cuando empezó a dictar la lista de ministros que designaba para suceder a su Gobierno, de forma tan grotesca, pensé (sí, recuerdo que ya lo pensé entonces) qué poco digno era todo aquello. Volvió a repetir las mismas frases, con el tono tranquilo habitual en él, y, para finalizar, volvió a emplear aquellas terribles palabras para referirse a los judíos. Después de toda aquella desesperación, de todo el sufrimiento, ni una sola palabra de compasión o de dolor. Recuerdo que pensé: “Nos ha dejado sin nada. Con la nada (Ein Nichts)”».
Sus palabras son extraordinarias y me imagino serán semejantes a las que nos confiarán quienes registren las últimas voluntades de los hermanos Castro. O de cualquier dictador que conduzca a su país a la ruina. Porque, ¿qué legado dejan después de años persiguiendo una utopía siniestra? La nada.
Cita: Gitta Sereny, El trauma alemán. Testimonios cruciales de la ascendencia y la caída del nazismo (Barcelona, Península, 2005; tr. de Ana Duque de Vega), p. 369.