De dos preguntas, la buena…

- 19/05/10
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De vuelta de una cena a favor de los presos políticos cubanos organizada por el sector liberal de Convergència Democràtica de Catalunya en un hotel de Barcelona. Que gracias por la iniciativa, pues el dinero recaudado irá a parar a manos de los familiares de los presos.

Carlos Alberto Montaner fue el orador invitado. Espléndida su intervención. Y espléndidas sus respuestas a las preguntas del público. Que gracias.

Los presentes, unas ochenta personas. Que bien. Por la solidaridad que ello demuestra con la causa de la democracia en Cuba y porque tratándose de una cena con fines benéficos el número de asistentes redunda en una mayor recaudación. Que magnífico.

De esas ochenta personas que acudieron a la convocatoria a acto de apoyo a los presos políticos cubanos, cubanos conté once. Once.

«¿Cómo es que la gente en Cuba no apoya a los presos, a las Damas de Blanco?», se pregunta de vez en cuando algún incauto y se coloca máscara de estupor.

Bah. Como si esa fuera pregunta difícil.

Difícil, si acaso, es otra: ¿cómo es que los cubanos residentes fuera de Cuba, empleados por su cuenta, sin CDR a la vista y con la vida resuelta, como suele decirse, no apoyan a los presos?

Ésa es la buena. También por la extraordinaria luz que arroja sobre la primera.

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Todos somos (algo) seminolas

- 14/05/10
Categoría: Oposición, Poscomunismo | Etiquetas:
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Los españoles, se sabe, evacuaron la Florida en 1763, tras cedérsela a los ingleses a cambio de recuperar La Habana. La península quedó entonces virtualmente despoblada, porque no sólo los españoles bajaron a Cuba.

También lo hicieron quienes con ese viaje se convirtieron en los primeros norteamericanos que visitaron la Isla: los indios seminola que acompañaron a los colonizadores en su viaje.

Poco se sabe de la suerte de aquellos pioneros norteamericanos y su avatar cubano. No eran turistas; iban a asentarse en aquella isla española. Sin embargo, parece que muchos regresaron más tarde a los Cayos de la Florida y desconozco qué no les gustó en Cuba como desconozco si lo hicieron en embarcaciones precarias y fueron entonces los primeros balseros en enfrentar las corrientes del Golfo. Cabe suponer que abominaron de los mismos españoles a los que siguieron.

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Quienes ahora pensamos desde fuera de Cuba en cómo debe ser la Cuba futura, quienes le diseñamos futuros, como quien talla en el aire, deberíamos, se me ocurre, recordar más a menudo aquel episodio con viaje de ida y vuelta.

Atraídos súbitamente a Cuba por un cataclismo político, los seminolas volvieron a casa en cuanto olieron barracón. En cuanto se apartaron de aquel delicioso olor a vainilla, que según Chateaubriand despedían las tierras de la Florida.

Ni nosotros ni nuestros hijos vivirán ya en aquella isla para la que diseñamos futuros perfectos. No se olvide ese detalle. Y actúese en consecuencia.

Y no, no se trata, como creerá el lector apresurado, de renunciar a pensar en Cuba y actuar por Cuba.

Simplemente, se trata de hacerlo asumiendo que todos somos, cuando menos, seminolas.

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¿En qué barrio de Cuba se acaba el castrismo?

- 13/05/10
Categoría: Oposición | Etiquetas:
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Cautivos de una esperanza, cada vez que alguien manifiesta que el «régimen cubano está llegando a su fin» nos alegramos como niños. Gimoteamos. Damos palmas. No importa que el profeta carezca de más argumentos que su propio deseo o de más evidencia que el paso de un calendario que ya nos engañó una vez.

De hecho, todavía emociona el «ya viene llegando» de Willy Chirino. De hace veinte años. Veinte. Que para venir llegando desde entonces, chico, parece le pidió el mapa al bueno de J. R. R. Tolkien y eligió la ruta más escarpada y sinuosa  hacia las Tierras Altas.

Hay apenas dos expectativas diáfanas de cambio de régimen:

1)      Un levantamiento popular al que el gobierno se vea obligado a responder a tiros.

2)      Una intervención militar extranjera que siga a catástrofe humanitaria de magnitud horrenda.

La segunda es opción que repugna, porque nadie en sus cabales desea se produzca catástrofe de tal envergadura que merezca intervención.

La primera, en cambio, puede producirse en cualquier momento. Ahora mismo que leen esto, por ejemplo.

¿Recuerdan el salpafuera del ‘94? ¿Recuerdan las extraordinarias imágenes del Maleconazo?

Pues, imagínense que hoy, mañana, se enciende la chispa y en un barrio habanero sale a la calle la muchachada y comienza a romper vitrinas y a linchar policías orientales. Imaginen que las turbas armadas de cabillas no consiguen controlar la situación y se ven obligadas a pedir refuerzos. Y que estos llegan, se producen disparos y hay víctimas.

¡Pum! ¡Pum!

Y ¡pum!-to final.

Lo otro, todo lo otro, no es más que lo que hace mi fiel Bruno cuando lo saco a mear cada noche: seguir rastros que lo llevan siempre a un mismo sitio. La casa donde tierno dictador le da la comida, lo baja del sofá cuando recibe visitas, le premia las gracias con galleticas y le apaga las luces cuando le place.

Por eso cada vez que alguien me dice que «el final del régimen está cerca» le pregunto en qué barrio es la cosa. Y a qué hora.

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