Más conocidos por su magnífica serie Childhood Memento, Shao Yinong (1961) y Mu Chen (1970) han documentado también los espacios ruinosos que fueron sede de la tensión didáctica y narcotizadora de la ideología. Las imágenes decadentes de esas salas de reuniones que acogieron asambleas rabiosas o aquiescentes son los escenarios vacíos que retratan en la serie The AssemblyHall.
Aunque recuerdan los afanes de Robert Polidori, en las fotos de la serie The Assembly Hall hay una espontaneidad que no estetiza las ruinas. En las fotos de Polidori en Pripyat, La Havana o New Orleáns se advierte una objetivación que construye arte, que obliga al ojo a ver arte.
Yinong y Cheng son más documentalistas que estetas. Tal vez sean menos dóciles a la seducción de la belleza antigua, una debilidad que el pathos aristocrático, amigo de los jardines entreverados de falsas columnas ganadas por la maleza, convirtió en extraña moda. Parece importarles más lo vacío que lo ruinoso y eso los coloca más en la línea de Hiroshi Sugimoto y sus teatros vacíos, que en la estela de Polidori, coleccionista de desastres, retratista de cataclismos.
Ese Radio City de Sugimoto, por ejemplo.
El mismo Sugimoto que incluyó a Fidel Castro en su galería de próceres de yeso. Y produjo la mejor foto que conozco de Castro I posando de Castro I. Rey sabio o macizo mariscal, uno adivina ya en esta foto al no menos falso Fidel Castro que ostenta en sus más recientes instantáneas esa sonrisa de resucitados que tienen los ancianos, al decir de José Martí.
Una experiencia visual que cerraría muy bien, se me ocurre, un collage del Emperador Adidas recostado a la tribuna de un desolado teatro Karl Marx. Mis mañas con Photoshop no dan para tanto. A ver si alguien se anima…
En 1920, Rafael Martínez Ortiz publicó en París dos gruesos volúmenes que contienen testimonio vívido y exhaustivo de los primeros años republicanos: Cuba. Los primeros años de independencia. La segunda edición, que es la que poseo, salió de las prensas de la Imprimerie Artistique «Lux» -131, Boulevard Saint-Michel-, en 1921. Por entonces, Ortiz se desempeñaba como Ministro de Cuba en Francia, peldaño de una carrera diplomática al servicio de la República que lo quiso presente en el Salón de los Espejos de Versalles durante la firma del Tratado de Trianon y en múltiples reuniones de la Liga de las Naciones.
La crónica que hace Martínez Ortiz de los primeros años republicanos, es decir, de la instauración democrática en una Cuba que acababa de liberarse de la sujeción colonial, es lectura muy recomendable hoy. Como pertinente es la escena que cuenta Martínez Ortiz del primer encuentro entre Rafael Montoro y Estrada Palma, donde el recién nombrado presidente le asegura al antiguo autonomista: ¡Cuba será la Suiza de América! Y Montoro señala a la calle y pregunta: ¿Y dónde están los suizos?”
No se trata de establecer tercos paralelos, pero sí de encontrarse a cubanos que hace un siglo intentaron enderezar un país por la senda de la prosperidad y la norma democrática, bajo el escrutinio y la intervención de los EE.UU. y España. De las mañas que se dan para dilapidar la confianza ciudadana y la monumental ayuda que les llega desde Washington. De la facilidad con que se tuerce el rumbo del 20 de mayo. Del cómo basta un cuarto de siglo para que se comience a hablar de la necesidad de una refundación republicana. Para que se pavimente el camino hacia una cadena de dictaduras.
En vísperas de una transición, que está por ver cómo viene, vale la pena repasar esas dos transiciones que vivimos en el XX. De colonia a república; de república a dictadura comunista. En eso ando. Y sin motivo para el entusiasmo.
El caso del preterido Máximo Gómez que acabó muriendo debido a la infección que le provocaron las llagas que resultaron de los numerosos apretones de manos que recibió a lo largo de toda la isla me convence de que este futuro próximo hay que abordarlo con guantes. Como toda autopsia.
Esta nota fue publicada en ETDLV el 16/07/2007. Reaparece ahora con motivo de un cambio de ritmo estival.
Haciendo honor a la últimamente tan desatendida vocación de servicio público de ETDLV, siguen varios testimonios de nuestra juventud rebelde.
¿Qué para qué sirven?
Facilito, oigan.
Cada vez que nos vengan de ahora en adelante con la cantaleta de la reconciliación, volvamos aquí, escuchemos atentamente y solacémonos con pregunta retórica pronunciada en tono de sorpresa y enarcadas las cejas: «Ah, ¿pero esta es la gente con la que me tengo que reconciliar?»
Dicha con la entonación correcta la frase sumirá a nuestro interlocutor en la más profunda inopia pues no sabrá si damos la reconciliación por pan comido o misión imposible.
Bueno, Comandante, yo no quería decir nada, solamente… Yo, como todos, vinimos a escucharlo y a aprender de usted, y pienso que usted muchas veces nos ha hablado y nos ha dicho que si Hitler hubiera tenido detrás a un pueblo como el cubano no hubiera hecho lo que hizo. Pienso que solamente con su ejemplo, sus enseñanzas, su inspiración y la de un pueblo educado por usted, como el pueblo cubano, se puede persuadir al mal y al más odioso de los enemigos de la humanidad que es el imperialismo yanki, y me gustaría mucho seguirlo escuchando.
Y ni les digo de estos jóvenes rebeldes que acaban de encontrar camino en El Tubo, suerte de contundente tapa al pomo:
De contra:
Por cierto, les recomiendo vivamente el material completo sobre Gente de Zona.
Esas imágenes en el Hotel Capri enseñan más sobre Cuba que la colección completa del puñado de diarios que se ocupan de esa isla y sus gentes. ¡Mucho más!