Jorge Ferrer - 16/01/12
Categoría: Cine, Poscomunismo, Rusia
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Me siguen llegando opiniones encontradas acerca del documental Patria o muerte (Родина или смерть) de Vitali Mansky (Виталий Манский).
Mansky, tal vez el más importante de los realizadores de documentales en la Rusia postsoviética rodó en La Habana este proyecto que se ha estrenado en algunas salas de cine en Rusia y del que todavía no me hago con una copia. La prensa lo ha tratado a golpe de ditirambo, pero 1) es un Mansky; y 2) ha calado su idea de que la Cuba que encontró se asemeja a la Unión Soviética de los últimos años de Stalin.
Aún pendiente de verlo y forjarme una opinión sobre la que se anuncia como una mirada espectacular sobre Cuba desde ojo postsoviético, miro una y otra vez el corto de promoción y me digo que a mí esa Cuba que muestra —el trailer, no el documental— se me parece a un montón de cosas de las que ninguna es la URSS ca. 1950. Pero a la hondura de la decrepitud se llega por muchos caminos, lo sé.
Juzguen, juzguen.
http://www.youtube.com/watch?v=k4d-nGVeDMQ
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Jorge Ferrer - 04/01/12
Categoría: Excepcionalidad, Memoria, Rusia
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El fotógrafo y blogger Rustem Adagamov avisa de un episodio que cuela a Cuba de rondón en la historia de las protestas callejeras en la URSS. La historia de esas contestaciones es breve, como es sabido. Aun con «deshielo» el régimen posestalinista ejerció un control totalitario sobre los espacios públicos y apenas en cinco ocasiones se vio salir a ciudadanos a las calles en acciones que no habrían sido autorizadas por el gobierno. De ellas, tres fueron protagonizadas por disidentes, la más conocida la Protesta de los Siete, cuando otros tantos valientes protestaron en la Plaza Roja contra la intervención en Checoslovaquia.
Según Adagamov, el 18 de abril de 1961 se produjo el primero de esos salpafueras en la URSS postbélica. Y la pizpireta Cuba estaba en medio. Fue una protesta masiva frente a la embajada de los Estados Unidos en contra del desembarco de la Brigada 2506 en las arenas de Playa Girón. Las simpatías que despertaba la Cuba protocomunista eran notables entonces. Lo eran en Occidente y también, figúrense, en la URSS.

Adagamov, uno de los más influyentes bloggers de Rusia y activo valedor de las protestas contra el gobierno de Putin que se están viviendo en Moscú, se ha ocupado de rastrear las manifestaciones de protesta en tiempos soviéticos y sostiene que esta fue absolutamente espontánea. Y aun cuando me cuesta concebir que lo fuera de veras -véase el pathos “partidista” de la primera imagen-, es posible que lleve razón a la vista del despliegue policial que los jefes del KGB se vieron obligados a montar para enfrentarla.

Con todo, lo cierto es que en la historia de las relaciones entre la URSS y Cuba, esa isla que tanto se ufana de su excepcionalidad estuvo implicada en la primera ocasión en que se vio sacar a la caballería a las calles del Moscú postbélico para poner freno a multitud armada de carteles y gritos de protesta.
¡Fíjate tú, amigo de la excepcionalidad cubana!
(Las fotografías que incluyo aquí, todas cortesía de Drugoi, el blog de Adagamov, son obra de James Whitmore para LIFE, las dos segundas, y de una agencia soviética, la primera.)
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Jorge Ferrer - 01/11/11
Categoría: Agua corriente, Poscomunismo, Rusia, Uncategorized
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El FBI ha hecho públicos hoy una serie de documentos y videos de la red de agentes rusos que operó en los EE.UU. durante buena parte de la primera década del siglo XXI. Los espías que fueron repatriados en una operación que recordó a los años de la Guerra fría.
Hasta donde he alcanzado a ver en una primera ojeada, no hay revelaciones de peso. Más bien se trata de rastros del trabajo operativo sobre espías que nunca llegaron a penetrar verdaderamente servicios de inteligencia, organismos de gobierno o consejos de empresas relevantes. Pero a mí me estimulan las historias de espías, forman parte del mundo cinematográfico y literario en el que me crié, y aquí comparto (sígase el primer enlace allá arriba) los fragmentos de esta.
El delicioso nombre de la operación —«Ghost stories»— es el título de la novela o colección de estampas para la que se quedan cortos como personajes de intriga. (Yo antes pensaba que no.) Tan solo el clamoroso atractivo sexual de Anna Chapmann parece aquí materia de sujet, pero de uno cinematográfico.

En los espías de otras épocas —los que espiaban para los Aliados, por ejemplo— había una dimensión heroica. En los que espiaban para los soviéticos había una profundidad enigmática que los supervivientes del comunismo solemos confundir con la mera imbecilidad.
En cambio, los espías que pululan ahora por los pliegues de la historia que vemos hacer —y no me refiero a los infiltrados en Al-Qaeda o los narcos, por citar dos enclaves de la lucha undercover contemporánea— son gente corriente que sirve a una geopolítica rizomática y lábil. Son, y me quito el sombrero ante quien puso membrete a esta operación, fantasmas. Y las suyas son desvaídas historias de fantasmas.
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