(Poscomunismo): Dos escenas moscovitas

- 28/09/11
Categoría: Poscomunismo, Rusia, Viajes
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Acabo de regresar de un viaje a Moscú. Más que entretenerlos con asuntos políticos como hice en artículo para El Nuevo Herald en julio pasado y que podría repetir ahora letra a letra, verificado ya el ponte tú que me pongo yo protagonizado el sábado por Putin y Medvedev, comparto dos escenas. Sirven para imaginar a Rusia desde la anécdota, ese asomo inconstante de la realidad.

1) Por asuntos a medias profesionales, a medias sentimentales, me interesaba aprovechar el viaje para visitar la Casa-Museo de Alexander Herzen, el liberal ruso del s. XIX víctima del destierro y el exilio bajo el zar Nicolás I.

Había escollo parecía que insalvable: el museo fue cerrado el año pasado para una reforma general y su reapertura se anuncia para el 2012, en ocasión del 200 aniversario del natalicio del ensayista. Unas gestiones me permitieron hacerme con el número de teléfono de una responsable del museo. La llamé y le expliqué en poco más de tres minutos por qué me interesaba entrar a esa casa y pasearme por sus salones. Una hora más tarde me recibieron ella y la investigadora principal del museo en el edificio en reformas. Sorteando escaleras y latas de pintura, me regalaron una visita absolutamente fantasmagórica. En un edificio con las paredes desnudas y con la ayuda de un catálogo editado hace veinte años, me mostraron el museo que fue y me describieron el que será.

He visitado muchos museos en mi vida, pero es probable que no haya visto antes con tanta claridad una colección como la que no vi, pero imaginé, en la casa de Herzen.

Toda Rusia es un poco así de gogoliana. Es la imaginación dando vida a los fantasmas.

(Fotografía: En compañía de dos responsables de la Casa Museo de Herzen en Moscú.)

2) Acudo a una reunión con un personaje muy importante en la vida política y empresarial de Moscú. Tan importante que me dispensarán omita aquí su nombre, dada la naturaleza de la anécdota. Cuando abandono su despacho me tropiezo en la antesala –la cosa era puro Chéjov-, a tres peticionarios que iban a ser los próximos en ser recibidos. Trajes de políticos de provincia, cabezas gachas, cuerpos contrahechos por la humillación y una cesta de flores de metro y medio de diámetro. Una ofrenda al gran jefe a quien acudían en busca de algún favor. Me entretengo en la antesala a la espera de unos papeles que firmar y los tipos entran al despacho del jefazo. Unos instantes después se escucha gritar al anfitrión:

—¡Saquen de aquí estas flores!

Su ayudante corre a abrir la puerta del despacho y alcanzo a ver la mesa en la que nos habíamos reunido. En torno a ella, los tres visitantes y el político. Toda la mesa ocupada por la inmensa cesta que no les dejaba verse las caras.

La muchacha se vuelve hacia una suerte de antesala de la antesala donde esperaban sendos guardaespaldas de dos metros de estatura y hombros como robles.

—¡Saquen de aquí esa cesta! —clama.

Los guardaespaldas entran a la carrera, las manos en la sobaquera, me rodean y uno grita con voz ronca:

—¿A quién sacamos? ¿A este? —”Este” era yo.

—No es «a quién», sino «qué» —les aclara la ayudante en frase que suena encantadora en ruso—. ¡La cesta! ¡La cesta es lo que tienen que sacar de aquí!

Por un instante se me ocurrió que pudieron haberme pegado un tiro.

También eso es Rusia. Un guión escrito en el s. XIX, un mar de gestos soviéticos y un decorado poscomunista.

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Atravesamos la ciudad vacía…

- 09/07/11
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia
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Maullidos de Rusia
Por Jorge Ferrer

Atravesamos la ciudad vacía a una velocidad de vértigo de camino al hotel. He dormido poco en el avión y apenas atino a distinguir si estoy efectivamente en Moscú o en Brighton Beach, Brooklyn, moviéndome por ese paisaje de vallas publicitarias que venden lofts, sofás de piel a precio de saldo y viajes a Malasia con mensajes escritos en cirílico y tonos chillones.

El amable taxista, a quien ya dejé saber que soy extranjero fluido en lengua rusa, me señala un espigado edificio en construcción. Sus últimas seis o siete plantas no han sido revestidas de paneles de hormigón y por ellas corre el aire viciado de la ciudad. «Lleva mucho tiempo así», me informa: «Construyeron más plantas de las permitidas y ahora no saben cómo eliminar las sobrantes ni a quién sobornar para mantenerlas y vender los apartamentos», abunda con un guiño.

La graciosa pifia y las opciones para salir de ella -un alarde ingenieril o el hallazgo de las manos que untar en una ciudad que cambió de alcalde recientemente- no definen con plena justicia el estado de la Rusia postcomunista a fecha del verano del 2011, pero sirven para acercarse a esa mezcla de solidez del gobierno e incertidumbre ciudadana que uno encuentra aquí a cada paso.

Rusia ha sido siempre una máquina enorme cuyos engranajes piden aceite. Y el Moscú que experimenta hoy a medias hartazgo y orgullo mayúsculos veinte años después de haberse despedido de la marca URSS -aquella CCCP que asociamos en Occidente a los astronautas o a los deportistas soviéticos en los Juegos Olímpicos- es una ciudad que divide a los pesimistas y los optimistas en partes desiguales que, en mi experiencia, da ventaja a los segundos pero encuentra mejor argumentación en los primeros.

Las fotos de la bicefalia que gobierna el país, Dmitri Medvedev y Vladimir Putin, y la indefinición sobre quién se presentará a las elecciones del año próximo despiertan una preocupación que rebasa el mero interés por las conjuras y componendas palaciegas. El rostro y el discurso modernos de Medvedev, su diáfana apuesta en favor de una economía más desestatizada y una sociedad más abierta contrastan con los aires restauracionistas que encarna Putin. Hay mucho más en esa dupla que la mera estrategia de enfrentar a Occidente desde la ventajista dialéctica del policía bueno y el malo. Detrás de Putin y Medvedev hay una masa social que facilitará que cualquiera de los dos continúe llevando las riendas del país, pero hay también una sociedad dividida entre el clamor por la modernización del sistema político y la dinamización de la economía, por un lado, y, por otro, el temor a que se desdibuje el perfil de una Rusia que desde un nacionalismo tan feroz como inseguro se niega a ser desplazada hacia la periferia de la arena internacional.

Con todo, pocos discuten que el camino de Rusia para poner a brillar la letra «R» en el acrónimo BRIC acuñado por Goldman Sachs —Brasil, Rusia, India y China—, el conjunto de las potencias llamadas a dominar los flujos de la economía mundial hacia mediados de este siglo, pasa por abandonar la pulsión agónica en sus relaciones con los EEUU y Europa, a la vez que por la definitiva construcción de una democracia con letra inicial mayúscula. En definitiva, cultivar la transparencia -glasnost, ¿les suena?- tanto hacia afuera como dentro.

Pero por ahora nos pasa con esa Rusia lo que con el gato de Schrödinger: escondido en la caja de sus vicios geopolíticos, nunca sabemos con certeza si el democrático gato está vivo o está muerto.

El artículo «Maullidos de Rusia», de Jorge Ferrer, aparece en la edición del 8/7/2011 de el diario El Nuevo Herald.

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De vuelta de Moscú paladeando el poscomunismo y las ollas de Ferran Adrià

- 14/06/11
Categoría: Arte, Rusia, Viajes
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He estado tres días en Moscú, Rusia, en extraordinario viaje difícil de clasificar, gustosísimo de masticar y, sin dudas, más de rumiar.

Creo recordar que fue cuando viajó a Londres a los funerales de Stephen Spender que Joseph Brodsky se encontró ante la disyuntiva de qué responder al oficial de inmigración que le hizo la tópica pregunta por la razón de su viaje: Business or pleasure? Un cerco demasiado estrecho, por extremo, para definir las razones de un viaje. También para este.

Seguramente volveré aquí sobre estos tres días trepidantes en los que he hablado con mucha gente, me he reencontrado con amigos muy queridos y he conocido a unas pocas personas que justifican, por sí solas, que supere de vez en cuando la aprensión que le tengo a vagar por los aeropuertos con mi hostil cara de inmigrante ilegal, traficante de poca monta, o Public Enemy Nº algo entre el millar y el millar y medio.

Entre otros momentos memorables, tuve el privilegio de asistir a la gala de entrega del premio “Turandot de Cristal”, que en su vigésima edición, reunió en el Teatro Vajtangov y en el banquete en el restaurante Venezia que siguió a la gala a lo más excelso de la escena teatral rusa de los últimos 50 años (y algo más en algunos casos). De los brindis pronunciados allí saldría todo un tratado sobre la relación entre la cultura y el poscomunismo. Va confesión por delante: en muy pocas ocasiones he experimentado emociones más intensas cuando de pensar esa materia se trata.

Por lo pronto, recién bajado del estribo, subo aquí para los lectores amantes de la gastronomía de vanguardia, el menú de la cena a la que tuve la dicha de asistir anoche en el Barvikha Hotel & Spa. En su primera visita a Rusia, Ferran Adrià preparó junto a Anatoly Komm una cena en la que hubo un plato, al menos, que recordaré siempre.

De contra:

Mis adorables compañeras de mesa.

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