Jorge Ferrer - 07/09/10
Categoría: Al teléfono, e-cuba | Etiquetas: Agua corriente
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Al teléfono:
―Chico, ¿tú sabes qué le pasa a la Z con la Y y la W?
―Visto en términos alfabéticos, la Y y la W preceden a la Z, a la vez que forman cuarteto con la enigmática X. Cuarteto, por cierto del que la última, por última, se descuelga. Y es evidente que a la Z no le gusta nada ese orden.
―Pero, ¿a qué armar tanto lío? Tampoco es que se juegue los puestos de la a, la be y la ce…
―Bueno, ya sabes… También está la distinción entre las mayúsculas y las minúsculas. Y los tipos.
―Y la «colita», ahora que lo pienso.
―Exacto: el serif que te da o te quita estatura de sheriff.
―¡Coño!
―Imagínate que eres z, así minúscula y escrita en tipo cada vez más bajo, y ves por delante a Y, mayúscula, con serif y reproducida en tipos inmensos, y a W que te hace sombra con su perfecta simetría gráfica y la condición de doble letra.
―Claro… Ahí la z intentará buscar foco a toda costa.
―…y les caen chorros de tinta a las precedentes Y y W, por un lado, mientras se urde «Historia de la Z», por el otro. Es lo que tiene no sentirse a gusto con el alfabeto, ese catálogo con peso de losa.
―¡Qué bobería la de esa Z, tú! A mí es que me cuadran un poco las tres, la verdad… La Z en sus minúsculas, la Y con su serif y la W con sus cursivas. ¿Cómo es que no pueden convivir?
―La pobre Z, viejo… Que añora los tiempos en que Alain Delon la garabateaba por ahí…
―Lástima, compadre…
―Bah, tampoco tiene mayor importancia…
―Ninguna, ahora que lo pienso…
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Jorge Ferrer - 06/09/10
Categoría: Freaks | Etiquetas: Agua corriente
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Me he pasado el día alejado de pantallas y periódicos, aunque me había llegado la noticia de la declaración de ETA.
«Ya la veré cuando vuelva a casa», les dije a las tres personas que me llamaron para darme aviso.
Y, nada, acabo de llegar, abro los diarios digitales y me encuentro con esto:

Y comienzo a leer lo que firman:
Euskadi Ta Askatasuna, organización revolucionaria socialista vasca para la liberación nacional, quiere dar a conocer al Pueblo Vasco su decisión y reflexión a través de la presente declaración…
¡Por tu madre!
¿De verdad que estos imbéciles asesinos con esas capuchas ridículas, los brazos alzados a la manera de los fascistas o los comunistas y logotipo más feo que las madres que tuvieron la mala suerte de parirlos merecen algo más que cuatro patadas en el culo y, si persisten en matar, un certero tiro en la jeta?
¿De verdad que esos hijos de puta merecen figurar en la sección de «Política» de los periódicos y no en la de «Sucesos», cuando baleados como asesinos en serie?
«ETA hace saber que ya hace algunos meses tomó la decisión de no llevar a cabo acciones armadas ofensivas», leo.
Ofensivas, dicen estos pájaros, que hace tanto no matan porque no pueden.
El problema, ay, ya no es la ofensiva, sino la ofensa.
Ofensa es que España continúe alimentando las noticias que generan estos «revolucionarios socialistas» que juegan a la «liberación nacional».
Ofensa, a la vista, es que nos toque amanecer en lunes con primeras planas kukluxklanescas en España.
Doble ofensa: a la libertad y al buen gusto. Que tantas veces vienen a ser lo mismo.
Estos payasos asesinos, oigan, a montar el circo tras los barrotes.
Y que en la cárcel se pongan las capuchas, que así en las duchas y con jabón patinando rendirán enorme servicio a quien le repugne violar a tipos tan feos, que ya se sabe que el rostro es el espejo del alma.
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Jorge Ferrer - 04/09/10
Categoría: Excepcionalidad, Transición | Etiquetas: Agua corriente, Mimbres de la Voz
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A mí me cuadra el retorno de Castro I, fíjense. ¿Quién ha visto que país que blasona de excepcional padezca transicioncita de nada? Lo nuestro, cubiches, a lo grande. ¡Qué caray!
La vuelta del infeliz protagonista de nuestro último medio siglo ofrece posibilidades inmensas a los cultores de la literatura fantástica.
Así, por ejemplo, para trilogía ligera con su algo de Tolkien y su buchito de Shakespeare. Cosa que leer en vuelos transoceánicos, digamos. Digo yo que vendería como churros.
Aquí ofrezco rápido esbozo para autores ociosos.
Un longevo hechicero dominó una isla por cincuenta años. Astuto y cruel, se iba deshaciendo de todos sus enemigos sin dificultad. ¡Magia negra de la buena! Y la guerra, fría. Ambicioso, sus apetencias de gloria lo llevaron a asociarse a un imperio, a enfrentarse a otro y a alentar levantamientos en tierras ―altas o bajas― vecinas o distantes. El tiempo o la espada se llevaban a otros emperadores, pero él permanecía a cargo de su aislado feudo, adorado por sus vasallos y odiado por unos pocos que huían despavoridos o marchaban desesperanzados a una lengua de tierra vecina.
Una sola idea animaba a los descontentos: algún día la Parca se llevaría al ya anciano dictador y con ello se abrirían los cielos y se derramarían frutos y mieles en irrefrenable cornucopia. No era idea infusa; era rumor emanado de oráculo del que nadie, sin embargo, tenía plena certeza.
Entretanto, la siniestra sombra de su hermano, un hombre a quien los vasallos tenían por corto de luces y disoluto, planea desde el principio sobre el destino del feudo, porque en él recaerá el gobierno omnímodo cuando la muerte haga su trabajo llevándose al mayor.
Y hete aquí que un venturoso día la profecía parece cumplirse: llega la Parca y aparta al anciano sacerdote. Su hermano, el pobre y afásico gañán, se hace con las riendas del feudo en un movimiento que los vasallos descontentos estiman destinado a pronto fracaso. Avizoran la policromía de la cornucopia. La saliva se derrama abundante por sus belfos.
Pero, ay, Parca y Difunto entablan una encendida lucha. El tenebroso sacerdote se pelea a codazos en el Averno, conjuro va y conjuro viene. No hay quien lo arrastre al inframundo. Por fin, ofrece apuesta a la Parca: que jamás un Nubio se alzará con el título de emperador de los Rubios. Ríe la Parca y apuesta. Pierde. Y al perder, son dos sus opciones: o arrambla con todo y se lleva el mundo entero al Reino de las Tinieblas o devuelve al no menos tenebroso anciano a las palmas y cañas de su feudo.
Ganada la partida, el Difunto resucita y acude ante los delfines de su Acuario, los verdaderos depositarios del enigma de la Eternidad. A los pocos días reaparece por fin ante sus vasallos más jóvenes. Lo hace con las primeras luces del alba para anunciarles el pronto fin del mundo; ellos lo vitorean.

De contra:
Para la segunda entrega de la trilogía se podría contemplar el siguiente arranque:
Años más tarde el Resucitado oficiará el funeral de su disoluto hermano. «No era yo el Elegido», proclamará descubriendo por fin el arcano misterio guardado por los delfines.
«El Elegido era él», revelará señalando al achinado cadáver. Entonces una columna de fuego se alzará sobre el Mausoleo del Ka-ka-Hual. Será el inicio del fin del mundo.
Ya para entonces será un Rubio escapado del feudo del avieso sacerdote quien gobernará el Imperio vecino (apunte: inspirarse en Marco Rubio para este personaje…)
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