Jorge Ferrer - 13/05/10
Categoría: Oposición | Etiquetas: Agua corriente
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Cautivos de una esperanza, cada vez que alguien manifiesta que el «régimen cubano está llegando a su fin» nos alegramos como niños. Gimoteamos. Damos palmas. No importa que el profeta carezca de más argumentos que su propio deseo o de más evidencia que el paso de un calendario que ya nos engañó una vez.
De hecho, todavía emociona el «ya viene llegando» de Willy Chirino. De hace veinte años. Veinte. Que para venir llegando desde entonces, chico, parece le pidió el mapa al bueno de J. R. R. Tolkien y eligió la ruta más escarpada y sinuosa hacia las Tierras Altas.
Hay apenas dos expectativas diáfanas de cambio de régimen:
1) Un levantamiento popular al que el gobierno se vea obligado a responder a tiros.
2) Una intervención militar extranjera que siga a catástrofe humanitaria de magnitud horrenda.
La segunda es opción que repugna, porque nadie en sus cabales desea se produzca catástrofe de tal envergadura que merezca intervención.
La primera, en cambio, puede producirse en cualquier momento. Ahora mismo que leen esto, por ejemplo.
¿Recuerdan el salpafuera del ‘94? ¿Recuerdan las extraordinarias imágenes del Maleconazo?
Pues, imagínense que hoy, mañana, se enciende la chispa y en un barrio habanero sale a la calle la muchachada y comienza a romper vitrinas y a linchar policías orientales. Imaginen que las turbas armadas de cabillas no consiguen controlar la situación y se ven obligadas a pedir refuerzos. Y que estos llegan, se producen disparos y hay víctimas.
¡Pum! ¡Pum!
Y ¡pum!-to final.
Lo otro, todo lo otro, no es más que lo que hace mi fiel Bruno cuando lo saco a mear cada noche: seguir rastros que lo llevan siempre a un mismo sitio. La casa donde tierno dictador le da la comida, lo baja del sofá cuando recibe visitas, le premia las gracias con galleticas y le apaga las luces cuando le place.
Por eso cada vez que alguien me dice que «el final del régimen está cerca» le pregunto en qué barrio es la cosa. Y a qué hora.
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Jorge Ferrer - 12/05/10
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Esta noche, mientras cenábamos, alguien decía muy inspirado:
―Porque desde que murieron Zapata y Fariñas… ―Y se iba a embalar…
Pero uno lo interrumpió:
―Fariñas no ha muerto…
―¿Cómo que no ha muerto? ―Y hubo pausa. Y después cara de no me lo creo―: ¿No se metió tres meses sin comer?
Nos miramos… Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa.
―¿Cómo que no ha muerto? ―repitió el que lo daba por muerto.
―No…
Y en eso llegó el camarero con plato de quesos.
―¿Se lo mandamos al Fari? ―preguntó un tercero.
La escena, lo confieso, me incomodó. Pero es lo que hay.
Nuestro fúnebre circo.
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Jorge Ferrer - 08/05/10
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La historia me la han contado esta noche y es absolutamente verídica.
Un célebre compositor y músico cubano, cuyo nombre se me rogó omitir y a ello me atengo, viajaba en autobús hace unas semanas. Por La Habana. Llevaba camisa y pantalón blancos de hilo, atuendo que suele cultivar. Acudía a un ensayo. El compositor de marras es homosexual. Marcadamente homosexual, por decirlo así.
Cuando le toca el turno de apearse del autobús ―la guagua, vaya―, coincide en la salida con una «santera». Vestida la última de blanco inmaculado y la cabeza cubierta con tocado del mismo color.
Bajan ambos a la calle, avanzan dos pasos y media docena de policías se abalanzan sobre ellos, los maniatan y los empujan hacia un coche. Los gritos de ambos ―el estupor del músico; el salpafuera de la santera― alertan a los policías.
Los «identifican».
―Sigan, sigan ―les dice por fin el jefe. Y aclara a modo de disculpa―: Es que pensamos que eran Damas de Blanco.
Media hora antes, averiguó el compositor, las Damas de Blanco se habían manifestado por aquella misma esquina de la que habían sido desalojadas precisamente en un autobús.
―Está de pinga La Habana ―contó después―. Sale una a la calle envuelta en níveos paños y enseguida la confunden con una Dama de Blanco.
Anotado queda, pues. Para quienes sostienen que nadie sabe en La Habana quiénes son las Damas de Blanco y afirman que su presencia en las calles les resulta indiferente a los cubanos.
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