Compartiré en lo adelante, ahora de manera explícita bajo el tag “Retazos”, breves fragmentos de los textos en que trabajo. Son textos “crudos” y, naturalmente, se aceptan apuntes…
«…» Durante unos pocos años –acaso apenas meses- de mi infancia me sentí conmovido por la matanza de Caonao, simpaticé con los lamentos del Padre Las Casas, el peculiar holocausto de Hatuey y la rebeldía de un Guamá escoltado por sus perros mudos. Pero fue breve mi simpatía de entonces. El pasado indígena no consiguió ganar mi interés o solidaridad duraderas, acaso porque nunca vi a un indio tout court y los que se les asemejaban en mi colegio o las calles de mi barrio, sabía, o creía que sabía, que eran en realidad yucatecos, ajenos, mexicanos. No alcanzo a recordar ahora si fue en alguna charla en torno a la sobremesa de nuestra casa de Baracoa o en la visita que hice al museo Montané en el Capitolio habanero, cuando creí aprender que los habían traído para suplir las fuerzas que las paperas quitaron a los indios autóctonos, hasta matarlos. (Parece que deseché sarampiones y otros holocaustos, dominado por una imagen que representaba a un trío de indios aquejados no sé si de bocio, en favor de las paperas que yo mismo padecí, las mías benignas y breves, por aquellos años.)
Los nuestros, que apenas ganaban mención en los diecinueve tomos de El Tesoro de la Juventud –páginas catequéticas de mi paideia primera-, se denunciaban todos muertos a manos de españoles crueles, diezmados por arcabuces y las omnipresentes paperas. Nada indígena había, pues, en mí… ¿Cómo podía haberlo, me decía, sin marcas genéticas visibles ni duradera simpatía?
Vivíamos por aquellos años –la década de los setenta en La Habana– en un mundo plagado de voces indígenas. Una fiesta ideológica nos había llenado las casas de sonidos de bateyes: las radios, alimentadas en las noches al raso por pilas Yara, se llamaban Siboney y Taíno; los televisores se decían Caribes; los guantes de béisbol, Batos. Y el helado, ay, el helado que repartían poco y mal unos carritos azules de música tan dulce como los mantecados, se llamaba Guarina.
La toponimia de mi infancia tampoco era ajena a aquel acarreo de voces precolombinas. Alternábamos los domingos entre Guanabo y Bauta, para regresar cada vez a esperar los albores del lunes en Marianao. Y, sin embargo, toda aquella maraña lascasiana nunca supo ganarle a una identidad criolla, anclada en una nunca suficientemente aclarada prosapia valenciana e isleña. Entonces, yo aún no sabía que Bauta es el nombre de una máscara veneciana.
Coincidimos en la acera desierta. Llovizna. Son pasadas las once de la noche en Barcelona.
He sacado a pasear a Bruno y me protejo de la llovizna con un paraguas que M. me trajo alguna vez de Washington. Un souvenir nada extraordinario, y con un cierto aire de feria, pero que cumple sobradamente su doble función. Al abrirlo se despliegan las barras y las estrellas de la bandera norteamericana. Es, pues, eficaz souvenir de Washington y sombrilla de recia arquitectura. Jean Baudrillard se ocupó alguna vez de ese preciso objeto, creo recordar.
Ajeno al «sistema de los objetos», Bruno ha sentido de pronto la llamada de los intestinos y se agacha para defecar. Con gesto mecánico, extraigo del bolsillo el rollo de bolsitas de nylon, perfumadas y negras; desgajo una para recoger las heces. Somos cuadrúpedo y bípedo cívicos Bruno y yo. Bruno lo ha sido tanto en esta ocasión que la defecación ocurre justo al lado de un contenedor de basura.
En ese instante se acerca un árabe arrastrando un carrito. Es uno más de los centenares, probablemente millares, de personas que sobreviven en esta ciudad gracias a la basura que recogen. El perro que caga en la acera y el kafir (كافر) protegido de la llovizna por la bandera norteamericana le impiden llegar a la basura que le da de comer. Lo miro y esbozo una vaga sonrisa que quiere ser una disculpa. Ya Bruno acaba, por suerte, así que me agacho, recojo las heces y las lanzo al contenedor, cuya tapa, al abrirla accionando el pedal, tropieza con «la bandera norteamericana» y me hace trastabillar.
No recuerdo haber visto en mi vida mirada de desprecio ―¿o era lisa y llanamente odio?― como la que ese hombre lanzó al infiel que recogía con sus manos la mierda de un animal impuro mientras lanzaba torpes estocadas con la bandera de los Estados Unidos.
Si algún día ese tipo decidiera hacerse estallar para matar infieles ―algo por demás prácticamente imposible en términos estadísticos: 1) porque de los poco menos de 1.400 millones de musulmanes apenas unos escasos centenares escogen el camino del martirio y 2) porque no son los musulmanes pobres quienes suelen inmolarse―; pero si lo decidiera, digo, tengo para mí que lo último que recordará para darse ánimos antes de manosearse el calzoncillo-bomba será esta inocente escena urbana.
Ojalá la más sensata de la huríes que le correspondan lo avergüence espetándole con virginal sentido común: «Chico, pero si aquel cubano no hacía más que pasear al perro».
Ese sueño pertinaz que han sido las Antillas. Buscadas, despobladas, repobladas.
Un juguete para armar. Piélago y archipiélago. Civilización y barbarie. Bucólico paisaje con mar y cielo limpísimos. Pero con fondo de hecatombe escrita por machetes y barracones, plantaciones y revoluciones. La carne roja y los huesos rompiendo la piel. Asomando por las costras.
Y la sobada metáfora de la fuerza telúrica… Y el terremoto siempre súbito y tantas veces atroz, como ciertas pesadillas.
Ah ! Qui me rendra mon pays
Haiti
C’est toi mon seul paradis
Haiti
Ah ! Dieu me rappelle
Tes forêts si belles
Tes grands horizons
Loin de tes rivages
La plus belle cage
N’est qu’une prison
Oui !! Mon désir , mon cri d’amour
Haiti
C’est de te revenir un jour
Oh, beau pays bleu
Bien loin, bien loin sous d’autres cieux
Je vivais des
jours heureux
Mais tout est fini
Seule dans mon exil aujourd’hui
Je chante, le coeur meurtri
Oui ! mon désir mon cri d’amour
Haiti
C’est de te revenir un jour
Haiti !!!