Jorge Ferrer - 10/02/13
Categoría: Agua corriente, Cambios en Cuba, Exilio
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Diario Las Américas se ha apuntado la que muchos teníamos por la gran exclusiva pendiente en materia de cubanerías. Digo, esta entrevista a Pedro Álvarez, quien «desertó», que dicen los castristas, después de haberse ocupado de los intercambios comerciales entre Cuba y los EE.UU. por algo más de una década. Un pez muy gordo, sobre todo porque la gordura a contarle entre las escamas va asociada a la más interesante de las proyecciones de la relación entre Cuba y los EE.UU., dejando aparte, un poco aparte, las cuestiones de inteligencia. Luego, y sin ambages, enhorabuena a Diario Las Américas, que ha estrenado con nota de excelencia su relanzamiento editorial.
Otra cosa es lo que trae la «exclusiva» y el flaco perfil, o el perfil flaco, que nos ofrece el entrevistado. Léanla, que no es cosa de glosar aquí lo que bien nos cuenta Iliana Lavastida.
De entre todo lo dicho y atendiendo a las Five Ws + H, a mí me embelesa la respuesta al por qué. El por qué de la «deserción». El «por qué» quien dio cincuenta años de su vida al gobierno de La Habana y se paseó durante una década por uno de los ochomiles de la cordillera del castrismo decidió un buen día dejarlo todo y establecerse en la Florida. Léanla, ya dije, y allí verán que la razón es, agárrense, «sentimental».
Hace unos meses ya tuvimos que trasegar con otra historia de trasvase de La Habana a Tampa por motivos sentimentales. Aquella fue la de las cuitas amorosas de Glenda Murillo, hija del vicepresidente cubano, quien se piró de La Habana, cruzó la frontera en Laredo, viajó a Tampa y desde allá dejó ver que lo suyo había sido por amor.
Yo seré el último, sentimental que me pongo algunas tardes de invierno, en discutirle a viudo o joven herida por Cupido la eclosión de sus sentimientos. Pero, oigan, algo está pasando en los aledaños del Politburó, cierta querencia por las zonas blandas de la inteligencia.
Si antes los miembros de la nomenklatura «desertaban» del totalitarismo cubano por escapar del abrazo de oso del castrismo y ahora huyen de allá por razones sentimentales y, encima, elogian los cambios de Raúl, tendremos que concluir que la nación de los boleros está ensayando su forma más acabada: el bolerón poscastrista. Que ya cuenta con su clave tampa (todavía no he dicho trampa). ¡A ver si la culpa la tiene otra vez el bueno de Martí!
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Jorge Ferrer - 12/01/13
Categoría: Agua corriente, Cambios en Cuba
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ETECSA, la única compañía que ofrece telefonía celular en la isla de Cuba, anuncia con toda fanfarria que rebaja sus tarifas. De los 45 centavos de CUC (1 CUC = $1 USD) que cobra ahora por un minuto de conversación, pasará a cobrar 0.35 CUC a partir del próximo miércoles. Hace un par de años la tarifa era de 0.60 CUC el minuto.
¡Cuánta alegría para ese pueblo cubano, Dios mío! ¡Raúl es que no para de mimar a los votantes de quienes votan a quienes votan a los que lo eligen líder!
Tamaño es su desvelo por los bolsillos de los cubanos que no es de descartar, fíjense, que llegue el día en que los mime tanto como para que les permita hablar por teléfono pagando lo mismo que cualquier ciudadano del entorno geográfico de la isla.
En Jamaica, ahí debajo de la isla de Cuba, LIME cobra 0.09 CUC el minuto. En Haití, a la derecha, Digicel cobra 0.06 CUC el minuto y en República Dominicana, un poco más a la derecha, algún plan de Orange te cobra el minuto a 0.01 CUC (descontando sms). Bueno, no cobran en CUC exactamente, ya me entienden. Lo hacen en las monedas en que reciben sus salarios los ciudadanos de Jamaica, Haití o República Dominicana, respectivamente, que Cuba, en cambio, tiene la peculiaridad de pagar en varias monedas a la vez o en alguna.
O más bien no. No pueden pagar tan poco los cubanos. No parece justo que esos tipos excepcionales que habitan el «Primer territorio libre de América», la «Llave y Antemural», la «Perla del Caribe», etc., paguen lo mismo por sus sofisticadas frases al teléfono —«¿Está todavía tu marido ahí, mami?»; «¡Corre pa’l mercadito de 3ra., que tienen menudos de pollo a diez pesos la libra!»; «Oye, dice el jefe que trasladen la técnica pa’ la esquina de la casa de Rodiles»— que lo que pagan jamaicanos, haitianos y dominicanos por sus insulsas y tercermundistas chácharas.
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Jorge Ferrer - 02/01/13
Categoría: Agua corriente, Cambios en Cuba, Castro & Family
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Hoy me tropecé con mi viejo amigo M. N., uno de los líderes de la oposición a Theodoro Obiang en el exilio. Intercambiamos sobre el saldo del último año para las dictaduras ecuatoguineana y cubana. «¿Este año si volvemos a casa?», me preguntó retóricamente: «porque ya no aguanto más esto». Eso lo dice quien lleva algo más de 20 años exiliado en España y las ha probado todas para organizar una oposición creíble y potente —en el caso de Guinea ecuatorial, una además que dé cuenta de la diversidad étnica del país—, capaz de enfrentarse al déspota africano. Obiang, me dice, resulta cada vez más atractivo para un mundo sumido en la corrupción y, encima, el dinero le sale por las orejas: compra voluntades con facilidad pasmosa, incluso entre los opositores, incluso entre los exiliados… Por otra parte, de la antigua metrópoli, es decir, España, nada que esperar. «¿Y Cuba qué?», pregunta, «¿podrás volver este año?»
Le resumo, a mi vez, el saldo de cubanerías de los últimos meses. Enseguida surgen los paralelos: la patrimonialización del futuro económico de Cuba y Guinea por parte de las élites del entourage palaciego y las élites castrenses; la oposición debilitada y carente de discursos capaces de contrarrestar el (dudoso) atractivo de los “cambios”; el exilio desunido y desconectado de la gente del país, etc. Lo que todos ustedes saben, vaya.
Siempre nos han maravillado los paralelos entre Guinea ecuatorial y Cuba en lo que a la imposibilidad de escapar de la bota de sus tiranos respecta —salvas las diferencias, que son también muy notables. Eso sí, desideologizada Cuba y puesta en marcha la reforma de su «modelo», si los Castro se hicieran con la capacidad de producción de petróleo que buscan con uñas, dientes y, sobre todo, la participación de empresas rusas, chinas y vietnamitas, entre otras, el «modelo Obiang», como el «modelo angolano», podrían situarnos en una lógica similar a la que viven algunas naciones africanas. Ojo: que nadie tome lo de «africanas» desde una perspectiva sigloveintesca: los índices de crecimiento de que gozan hoy muchos países del África negra son absolutamente extraordinarios.
Pero todo esto viene a cuento, a la manera de Esopo, de lo saludable que resulta que cuando pensemos hoy en Cuba y en la evolución de sus «cambios» escapemos del fatal ombliguismo de su presunta excepcionalidad. De hecho, Cuba se parece hoy más a Guinea ecuatorial o a Vietnam, que a la Cuba de hace diez o quince años. ¡¿Qué decir de cuánto se parece a la Cuba republicana?! Y para entenderla resulta mucho más provechoso fijarse en esa urdimbre globalizada de las subdemocracias que en la entelequia de una recuperación democrática que nos devuelva al Edén de El Encanto o el Bazar de los Tres Quilos.

De contra:
A punto de despedirnos, el agudo M. N. me pidió mi opinión sobre el affaire Carromero. Se la di. «Eso imaginaba yo», me dijo, «es como si alguno de aquellos buenos muchachos de Londres hubiera viajado a la Sudáfrica del apartheid para ayudarnos y saliendo del aeropuerto hubiera arrollado a Nelson Mandela, sacándolo del mapa de la lucha». ¡Brillante!
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