Guzel Yájina irrumpió en la literatura rusa con este libro hace cuatro años. Y lo ganó todo con él. Ganó todos los premios literarios y ganó el premio mayor: el público, los lectores. ¡Ese público, el ruso, que ya llega siempre bien leído adonde quiera que lo cite la literatura!
No por gusto, Zuleijá abre los ojos es una novela espléndida, generosa, escrita con una precisión mayúscula que la traducción siguió con esfuerzo; una novela que es uno de los mejores estandartes de lo que la mejor literatura rusa está haciendo en los últimos años, los primeros de este siglo: incorporar la grandeza de la literatura clásica rusa, repasar el terrible siglo XX soviético con la madurez que faltó, con alguna excepción, a los «maduros» escritores de los sesenta a los noventa, crearle un futuro a la literatura rusa que pasme tanto al lector ruso como al lector global.
Zuleijá abre los ojos es uno de los libros que más me ha costado traducir, que más me ha exigido, que más feliz me ha hecho dejar en una versión en español que me complace y les ofrezco con entusiasmo y humildad.
Es, sin duda, el mejor de los libros salidos de mi mesa que les recomendaré este año.
Una novela que no se pueden perder, porque es una historia mayúscula, la de una mujer que se encuentra a sí misma en el desamparo del destierro, en el horror del siglo más feroz. Es un libro sobre el poder, el dolor, el Gulag, el amor, el estalinismo, el Islam, pero sobre todo es un libro sobre lo que puede hacer una mujer, cualquier mujer, a la que reta su tiempo, su tiempo cruel.
Zuleijá abre los ojos se ha traducido ya a una veintena de lenguas y aparece ahora en castellano. La edita Acantilado, la editorial fundada por el gran Jaume Vallcorba, que continúa siendo el máximo pedestal sobre el que se yerguen las literaturas del Este traducidas al español.
¡Léanla, hágannos, a ustedes y a quienes hemos trabajado para que este libro magnífico esté en librerías, el favor!
El suplemento La esfera de papel del diario El Mundo trajo el pasado domingo la entrevista que Arcadi Espada y yo hicimos a Svetlana Aleksiévich en Berlín. De Aleksiévich traduje El fin del «homo sovieticus» (Acantilado, 2016), que se publicó en español coincidiendo con la concesión del Premio Nobel a la autora bielorrusa. La entrevista está centrada en el método de trabajo de Svetlana, su manera de abordar la realidad y la ficción, la verdad y el patchwork. Su generosidad en las más de dos horas de entrevista fue extraordinaria. Hablamos de asuntos de los que no se había hablado antes con ella en una entrevista con esta profundidad, con este alcance.
Naturalmente, la entrevista publicada, aun cuando extensa, no recoge todo lo conversado aquella tarde en el apartamento del barrio de Stegliz, al suroeste de Berlín. Y pensé que los lectores de El Tono de la Voz merecen un Bonus track sobre lo ya publicado y que muchos de ellos leyeron.
Fui al encuentro de Svetlana también por un proyecto teatral en el que trabajo con la actriz Patricia Jacas a partir del monólogo que ella ha llevado al teatro con un personaje del mencionado libro de Aleksiévich, la ejecutiva Alisa (pp. 451-470): «De una soledad muy parecida a la felicidad». Es asunto ese que no recogimos Arcadi y yo en lo que publicamos y se me ocurre que a ustedes les gustará y ojalá ponga también la miel en los labios leer un par de respuestas adicionales donde Svetlana aborda aspectos técnicos de su trabajo en relación, precisamente, con la entrevista a Alisa, una Alisa de la que pronto volveremos a hablar.
La entrevista, tal como se publicó en El Mundo, en cuya portada apareció ese día, sigue ahora. El Bonus track va al final.
Svetlana Aleksiévich: «Matarme haría mucho ruido»
Arcadi Espada – Jorge Ferrer
Publicada en La Esfera de Papel, El Mundo, 9 de diciembre de 2018
Svetlana Aleksiévich está en Berlín. Ha venido al médico. Acaba de llegar al apartamento alquilado donde vivirá una temporada y le pone nerviosa no poder cumplir el rito ruso de recibir con un samovar de té humeante. Máxime teniendo en cuenta que los invitados han traído a la habitación bien caldeada la ráfaga de un frío de perros. Está escribiendo dos libros nuevos. Uno sobre el amor y el otro sobre la muerte. Teme más a lo primero.
Carlos Espinosa me ha entrevistado para Cubaencuentro sobre mi carrera como traductor de literatura rusa. La entrevista, que reproduzco aquí para archivo, apareció publicada el 11 de mayo de 2018 en Cubaencuentro.com
La capacidad de tornarse invisible
En esta entrevista, Jorge Ferrer habla acerca de su labor como traductor del ruso. Esta se plasma en 25 libros, entre los cuales, confiesa, hay una docena que se alegra enormemente haber trasladado al español
Carlos Espinosa Domínguez, Aranjuez | 11/05/2018 9:19 am
El lector ideal, afirma Alberto Manguel, es el traductor. Y lo argumenta expresando que “es capaz de disecar el texto, quitar la piel, cortar el hueso hasta la médula, seguir cada arteria y cada vena y luego dar vida a un nuevo ser viviente”. Es coincide con lo que sostiene Valery Larbaud, para quien traducir es “penetrar en la obra a un nivel más profundo de lo que podemos hacer con una simple lectura; significa poseerla más completamente, apropiárnosla en algunos sentidos. Ese es nuestro objetivo, plagiarios como somos todos en origen”.
A esas opiniones conviene agregar que traducir quiere decir llevar de un lugar a otro. Y eso es precisamente lo que desde hace años hace Jorge Ferrer (La Habana, 1967): ha traído a nuestro idioma una parte de la enorme riqueza de la literatura rusa. Esa labor lo ha convertido, junto con la española Marta Rebón, en el mejor traductor que actualmente se dedica a esa especialidad en España. Su actividad profesional le ha ganado un merecido prestigio y le ha reportado además varios reconocimientos. En 2014 obtuvo el premio La Literatura rusa en España, que otorga la Fundación Boris Yeltsin por su versión al castellano de El pasado y las ideas, las monumentales memorias de Alexander Herzen. Acerca de ese trabajo, Ricardo San Vicente, catedrático de literatura rusa de la Universidad de Barcelona, comentó que se trata de “una labor de exégesis y traducción digna de elogio”. Antes, en 2009 y 2012, Ferrer había obtenido sendas menciones en ese mismo premio por sus traducciones de Mijaíl Kuráyev (Ronda nocturna) y Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (El libro negro). En 2014, formó parte de la lista de nominados al Premio Read Russia, que distingue las mejores traducciones de obras rusas a cualquier lengua.
En el listado de títulos trasladados al español por Ferrer, figuran, aparte de los autores mencionados, Liudmila Petrushévskaya, Nikolai Leskov, Serguei Lukyanenko, Mijaíl Gorbachov, Iulia Latinina, Vasili Rózanov, así como los Premios Nobel Iván Bunin y Svetlana Aleksiévich. En esas traslaciones, Ferrer aplica cumplidamente la idea del lector ejemplar que sostienen Manguel y Larbaud. Su aguda penetración y su colaboración amorosa con los textos dan como resultado unas traducciones en las que consigue el gran mérito de borrar su presencia, de pasar inadvertido. Y sobre todo, al leerlas logran crear la ilusión de que estamos leyendo no una traducción, sino el original.
En las líneas que siguen, Ferrer se refiere a su trabajo como traductor, y responde al cuestionario que le envió este cronista, a través del correo electrónico.
¿Dónde aprendiste ruso? Y a propósito de ese idioma, ¿es tan difícil como parece?
Aprendí las primeras palabras de lengua rusa en el barrio de Los Quemados, en La Habana. Mi padre había sido nombrado para un puesto en Moscú y ante el inminente traslado de la familia trajeron a una preceptora que nos preparara a mamá, mi hermana y a mí para el passage. Esas primeras clases no sirvieron de mucho, como pude comprobar después. Ya en Rusia, entonces aún llamada Unión soviética, cursé el bachillerato e hice estudios universitarios. De la dificultad… Bueno, tanto la gramática como la fonética entrañan un reto importante para quien tiene el español como lengua materna. Pero el esfuerzo de aprenderlo se paga muy bien: el placer de leer en lengua original a Brodsky o a Ajmátova, a Bunin o a Chéjov merece todo el afán.
¿Cómo te iniciaste en la traducción literaria?
Antes de venir a España en 1994, traduje unas cartas de Dostoyevski para la revista literaria El Caimán Barbudo que finalmente no aparecieron publicadas. Años después, ya en Barcelona, después de más de un lustro trabajando como intérprete de ruso para los refugiados que huían del imperio soviético en descomposición, conseguí mis dos primeros encargos de traducción literaria. Una experiencia demoledora: ambos libros tampoco fueron publicados, si bien mis honorarios me fueron abonados debidamente. El primero, una novela de Vladimir Sorokin, por razones que ya no recuerdo; el segundo, un magnífico librito de Vasili Rózanov, porque la editorial quebró antes de que fuera a imprenta, ya revisadas las galeradas. ¡Imagínate mi decepción! Ya podía creer y decir que me dedicaba a la traducción literaria, pero mis traducciones permanecían inéditas.
De los libros que has traducido, ¿cuál o cuáles has disfrutado más traducir?
En los quince años que llevo dedicado a la traducción literaria han salido de mi mesa unos 25 libros. No es mucho, porque trabajo despacio y combino el trabajo de traducción con otros afanes. De esos libros, hay una docena que me alegra enormemente haber traducido. No parece una mala ratio.
Trabajar sobre cada uno de esos libros ha significado una experiencia singular, pero hay algunos que, por razones diversas, me han producido una satisfacción especial. El libro negro (Galaxia Gutenberg, 2011), la voluminosa compilación de los horrores perpetrados por el ejército del Tercer Reich en la Unión Soviética ocupada que hicieron Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, es uno de ellos. El año que pasé trasegando ese horror día a día fue una experiencia demoledora. Téngase en cuenta que la traducción de cualquier libro, y particularmente los que son de índole histórica o están firmados por autores de una obra importante y ya traducida al español, requieren un trabajo monumental de documentación y lectura, una prolongada y profunda inmersión en el tema y el estilo, en el paisaje cultural e histórico y hasta en la propia vida del autor.
Por otra parte, hay pocos motivos de orgullo mayores para un traductor que traer a su lengua por primera vez a escritores excepcionales, escritores cuya obra venera. En mi obra como traductor hay dos autores así: Mijaíl Kuráyev y Vasili Rózanov. De Kuráyev, escritor petersburgués que vive y goza de muy buena salud, he publicado dos traducciones: Ronda nocturna (Acantilado, 2007) y Petia camino al reino de los cielos (Acantilado, 2008). Otros dos libros suyos, ya traducidos, esperan tomar el camino de la imprenta. El segundo es Vasili Rózanov, escritor, filósofo, pensador asistemático, atrabiliario y amigo del aforismo y la digresión, a quien me gusta considerar el único autor de la literatura clásica rusa que todavía no teníamos en español. ¿Recuerdas que te contaba antes que fracasó mi primer intento de publicarlo, debido a la quiebra de la editorial donde iba a aparecer? Bueno, pues ha sido solo en noviembre pasado que he visto por fin al primer Rózanov en español, primorosamente editado por Acantilado: El apocalipsis de nuestro tiempo (Acantilado, 2017). Un librito absolutamente crucial para entender la revolución rusa desde la óptica de los vencidos, como Kuráyev es un escritor clave para comprender el estalinismo y el mundo soviético, en general.
Al revisar la lista de las obras traducidas por ti, noto la ausencia de libros de poesía. ¿A qué se debe eso?
Aunque soy un lector regular de poesía, sobre todo la escrita en ruso y español, pero también en inglés y francés, no escribo poesía. Por ello tampoco la traduzco, más que muy ocasionalmente y por mera diversión. En mi hilo de Facebook, donde comparto mis lecturas y afanes diversos, publico la traducción de un poema muy de vez en cuando.
¿Cuál es el último libro que has traducido?
Una novela espléndida, que fue una sensación en Rusia cuando se publicó en 2015 y arrasó con los mejores premios literarios allá. Su título, Zuleija abre los ojos. Su autora es Guzel Yájina y la novela fue su desconcertante debut. Narra la historia de una joven tártara, musulmana, deportada a Siberia en los años del estalinismo. Una extraña historia de amor en los años del Gulag. Una mujer en medio del horror, creciéndose, accediendo a una realidad brutal y liberadora a la vez. Me perdonarás, y ojalá también lo hagan los lectores, pero no quiero contar más. Uno suele tener un apego especial a los trabajos más recientes —algo así como el “kilómetro sentimental” llevado al “folio sentimental”—, y más aún cuando acaba de darlos por terminados, pero en este caso no hay una emoción dictada por la inmediatez. ¡Es que es un libro de veras extraordinario! Uno de esos que uno agradecerá siempre haber tenido el privilegio de traducir. Aparecerá en Acantilado en los próximos meses.
¿Has sugerido a las editoriales algunos de los libros que has traducido?
La industria es un ecosistema complejo y los impulsos van en muchas direcciones. Están los editores, los agentes, los autores y los traductores. Y todos intentan llevar el agua a su molino. Los traductores, por nuestra naturaleza autónoma, es decir, externa a las empresas editoriales, proponemos libros y recibimos encargos que aceptamos de mayor o menor grado, o los rechazamos. Hay razones de toda índole para aceptar o rechazar y la económica no es la última. Sería pueril obviar que el negocio editorial es, precisamente, un negocio. O que el trabajo del traductor literario es, precisamente, un trabajo las más de las veces mal remunerado. Por otra parte, como sucede también a los autores, hay proyectos que se reciben por encargo y acaban proporcionando un placer aún mayor que otros nacidos de uno mismo. Comparto un par de ejemplos de mi propia carrera. Las traducciones de El pasado y las ideas, de Alexander Herzen (El Aleph editores, 2013), y de Una familia venida a menos, de Nikolái Leskov (El Aleph editores, 2010), me fueron encargadas por Mario Muchnik. Ambas constituyen dos de los momentos más importantes de mi carrera como traductor. Al primero de esos libros le debo el premio La literatura rusa en España, que me otorgó el Centro del presidente Borís Yeltsin en 2014. Otro tanto sucede con la traducción de El fin del homo sovieticus (Acantilado, 2015), el libro mayúsculo de Svetlana Aleksiévich, que me fue encargado por Jaume Vallcorba. Por cierto, trabajar con hombres como Mario o Vallcorba me ha servido para asistir al amor por los libros en su máxima expresión. No el amor por la literatura, que es expresión común entre la gente que uno frecuenta, sino precisamente el amor por los libros, un precioso objeto que contiene la expresión literaria sujeta entre siglos de oficio, como entre las dos tapas de una edición de lujo.
Hay quienes sostienen que en realidad solo se pueden traducir con éxito aquellos libros que a uno le hubiera gustado escribir. Y que para que una traducción literaria sea inspirada, el traductor debe lograr identificarse con el autor, de modo que el espíritu de este pase a habitarlo. ¿Qué opinas al respecto?
Solo se pueden traducir con éxito (si por éxito entendemos excelencia y brillantez) los libros en los que se trabaja con todo el peso del oficio. Un traductor es un lector minucioso responsable de trasladar a otra lengua el libro que lee. Ha de saber leer y escribir con suficiencia. Ha de ser leal a su oficio: comprender cabalmente lo que lee y traducirlo con fidelidad compartida: la fidelidad que debe al autor y la que debe a los lectores. Y metido en ese juego de fidelidades, el traductor tiene que desaparecer. Su éxito, su excelencia, estriban en su capacidad para tornarse invisible. El lector solo ha de ver al autor. Y, si acaso, al editor que se lo ha traído y dejado a buen precio. Es viejo reclamo del gremio de traductores que nuestros nombres aparezcan en las cubiertas de los libros. Yo siempre digo que cambio mi nombre impreso por un euro más la «holandesa».
Hay salvedades, claro, cuando de la traducción se encarga un gran autor que buscará, en el acto de traducir, explotar las resonancias que tiene la obra traducida en la suya propia, dialogar con el autor. Nabokov traduciendo a Pushkin; Cabrera Infante, a Joyce; Poe, a Baudelaire. O aventuras deliciosas como la traducción del Ferdydurke de Gombrowicz por aquel Comité de traducción que comandaba el gran Virgilio Piñera. Pero el trabajo cotidiano del traductor, el mío, es el martillear afanoso del hombre invisible. No todos los ingenieros acaban pegando saltos en la Luna.
¿Crees que está debidamente reconocido el trabajo de los traductores en España y en el mundo hispano?
El pinkeriano que soy te dirá que es probable que sí. Con las editoriales, va según el editor con el que trabajes: su probidad, su elegancia, su respeto por el trabajo ajeno. Los plazos de entrega o las condiciones económicas de los contratos son términos que a veces se resuelven mejor o peor… La antigüedad y el prestigio suelen conceder alguna ventaja. Pero eso valdrá igual para los traductores y las enfermeras, los ujieres y los sacerdotes. Lo único que nos diferencia claramente a los cuatro es que el oficio de traductor desaparecerá muy pronto, va desapareciendo ya, asumido por máquinas cuya inteligencia artificial volcará de una lengua a otra las novelas y poemas del hoy y el mañana con la misma eficacia y ligereza con que un buen barman nos sirve una copa en la barra. Al barman se le escapan unas gotas a veces, como al bot traductor, al TransBot, se le podrá escapar un matiz. Pero nadie lo echará de menos. ¡También a los humanos se nos escapa a veces algún matiz! ¡Y se les escapa a los traductores! Y también, ay, se me escapan cosas a mí…
Finalmente, quiero preguntarte por tu propia obra. Desde 2001, año en que publicaste Minimal Bildung no has publicado nada más. ¿Es una parcela que has abandonado?
No la he abandonado en modo alguno, aunque crezca la hierba por sus esquinas y se aprecie un charco de agua estancada junto al pozo. Pero continúo labrando esa parcela, empujando el arado, tirando del carro, porque es parcela donde no hay más bestia de carga que uno mismo. Hace unos meses apareció una nueva edición de Minimal Bildung (Bokeh, 2016) y la Maximal Bildung en la que trabajo desde hace años deberá estar lista pronto. Antes, si no lo tuerce mi falta de ambición, aparecerá un libro que recoja estos últimos años de acarreo de la palabra en las redes, desde El Tono de la Voz en adelante.