Jorge Ferrer - 14/08/22
Categoría: Agua corriente, Democracia, En El Mundo, Guerra de Rusia contra Ucrania, Letra impresa, Literatura, Memoria, Periodismo, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: Guerra de Rusia contra Ucrania, Literatura, Memoria, tradición, Ucrania
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La pieza “Ucrania, territorio de utopías marcadas por la tragedia”, de Jorge Ferrer, fue publicada en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 11 de febrero de 2022.
El original puede ser leído aquí.

Ucrania, territorio de utopías
Por Jorge Ferrer
Nikolái Gógol, el autor de ‘Las almas muertas’, uno de los libros más traviesos de la literatura escrita en lengua rusa, tiene motivos para un ataque de celos. Nacido en 1809 en Ucrania, cerca de Poltava, su prosa vivísima, sus historias de una modernidad feroz o sus personajes alucinantes no forman parte de la cultura popular del siglo XXI, con su apetencia de ‘buzz’ y ‘streaming’. Sí lo hace, en cambio, el argumento parido la noche del 26 de abril de 1986 en otro rincón ucraniano, donde estalló el reactor nuclear de Chernóbil y la Ucrania soviética puso a Europa al borde de una catástrofe continental que parecía dispuesta a borrar, con sus nubes de isótopos y ceniza, las fronteras de antaño y amenazar incluso con deslindes futuros.
Fue ‘Chernobyl’, la serie de 2019 escrita por Craig Mazin y salida de un libro de Svetlana Aleksiévich, la que puso a Ucrania en la mirilla de la atención contemporánea. Ahora ha vuelto a encaramarse a los titulares con la amenaza de la guerra que le sopla en el cachete que da al Este. La trajo una catástrofe y la devuelve la anticipación de otra. Ucrania se nos pone en la lengua y el salón de estar sólo cuando el mundo amenaza acabarse. Es un país extremo. Un país en el límite, en el borde. Y sólo asoma, como la policía o las madres, cuando estamos a punto de matarnos.
Pero Ucrania es también un país enclavado entre dos mundos. De un lado Occidente y del otro la inmensa y quimérica Eurasia. Y es parte fundamental de ambos. A veces, según las fronteras se agitan como una culebra sobre la piel del continente en su centro y su flanco oriental, Ucrania parece más de un mundo que del otro. En ocasiones, ensimismada en busca de su propio rostro, como en los afanes identitarios del poeta Tarás Shevchenko y el folklore elevado a la tentación de un destino, parece que no fuera de nadie.
Es ese estar en medio, esa condición de bisagra, de articulación que lo mismo sirve para hincarse de rodillas ante los poderes que para abrirse paso a codazos en la historia, la que la ha marcado con su fatal condición de marca y parapeto. «Sobrevivir entre rusos y alemanes. Ésa es sin duda la predestinación de Europa Central. La consternación centroeuropea se columpia entre dos contingencias: que vienen los alemanes, que vienen los rusos», explica el escritor ucraniano Yuri Andrujóvich sobre esa permanente condición de huidizo animal a punto de ser cazado, que es propia también de Polonia, otra isla azotada por las mareas del poder y sus pretendientes.
Ucrania, una palabra que alude en su raíz a esa condición de margen y límite, a la tierra última, es también terreno de paso y tierra de partida de los que huyen de la maldición. Un país de nómadas, guerreros y emigrantes. Como en el desgarro de un bolero o una romanza zíngara, Ucrania lo es todo y no es nada. Y lo mismo se agita en las ciudades del Oeste -la Ucrania occidental que tiene tan mala prensa política como colosales asientos en la historia de la literatura y la sensibilidad de la Mitteleuropa-, que vibra, gime y se retuerce en su condición soviética y postsoviética. O supura por la herida abierta por la ocupación alemana y los 3,9 millones de muertos del Holodomor, el terrible exterminio por hambre que padeció en los peores años de la colonización soviética.
Encajada, por fin, en el territorio de tantas utopías, de esas expresiones acabadas y terminantes de las utopías que son los imperios -el otomano, el austrohúngaro, el soviético…- de Ucrania parece hablarse siempre en son de rememoración, siempre en clave de ay, siempre recordando «las nieves de ayer» con su rumor de pogromo o el ruido de los pasos hacia el barranco de Babi Yar, donde los nazis asesinaron a más de 100.000 personas con la preindustrial cirugía del horror.
Pero bueno es también reparar en que su nombre, Ucrania, recuerda menos a las utopías que a las ucronías. Además de haber sido un país con asiento poco firme en el mapa, Ucrania no ha conocido sosiego en el calendario. ¿De dónde viene y a dónde va? ¿Con qué alba llegó y en qué tarde se marcha? Tal vez solo Svetlana Aleksiévich le registró un porvenir, cuando estiró el título de ‘La plegaria de Chernóbil’, su libro rotundo sobre el dolor privado que siguió a la catástrofe, hasta contener el imposible asiento de una «crónica del futuro». En las voces que Aleksiévich recogió en torno a la estación nuclear vecina del hoy fantasmagórico Pripyat, que de repartir energía horrorosamente multiplicada se convirtió en el inmenso catafalco que ahora la sujeta, asoma también un mundo que se muestra con la insolencia del poeta díscolo o el ‘gopnik’ y la vergüenza del tonto del pueblo. Tan sólo la catástrofe, anticipando su existencia como país independiente en el fin de un mundo y un siglo, le parió a Ucrania un futuro. Parece difícil imaginar una condena mayor, una sentencia más cruel, una existencia más en permanente vilo.
Cuenta Yuri Andrujóvich, que es el escritor ucraniano contemporáneo que mejor ha sabido lidiar con tanta maldición, que en algún lugar cerca de Járkov hay una línea que separa dos cuencas, las de los mares Negro y Báltico. A ambos lados de esa raya los cauces de los ríos corren hacia una u otra masa de agua. A la manera de los eslavófilos y occidentalistas que partieron la clase letrada rusa en el siglo XIX, la tensión por ese doble arrastre marca también a la cultura y la sociedad ucranianas. Una cultura que vacila sobre un plano que se inclina hoy al Este, mañana al Oeste. Un «merodeo fatal a las puertas de Europa». Sin ser de ningún lugar, un personaje de Gregor von Rezzori, el gran escritor nacido en Chernivtsy, la capital de Bucovina que convirtió en un paisaje hiperreal, se reivindica a sí mismo como un «extranjero profesional». Por eso de Ucrania se habla como de un mundo que no existe o de un mundo que solo existirá después de la catástrofe. Sus rincones son descartes de los imperios. Añicos. Sombras. El propio Von Rezzori o Bruno Schulz, un misterio de la literatura centroeuropea que vio la luz en Drohobych, o el errante Joseph Roth, todos escritores nacidos en un espacio geográfico dislocado, revuelto y ansioso por constituirse en sujeto de una identidad, fueron empujados por sus biografías y el tiempo histórico hacia la tradición y las lenguas de la literatura occidental. Nikolái Gógol, Vasili Grossman o Mijaíl Bulgákov, por solo nombrar a tres colosos repartidos en el tiempo y la historia de las letras europeas, se volvieron en cambio a la lengua de Pushkin y al mundo ruso o soviético.
Todas esas Ucranias sucesivas y contiguas, atómicas y rebeldes, extranjeras y nacionalistas, coexisten en la tensión por una cultura del porvenir. Y no sólo una cultura literaria. Así, por ejemplo, la Ucrania esperpéntica que el fotógrafo Borís Mikhailov retrató en la serie ‘Historial clínico’ (1997-98), ese fresco de la sociedad roída por el poder soviético a la que el poscomunismo no conseguía sanar: los ‘bomzhi’ con sus cuerpos deformes, los alcohólicos, los genitales y las llagas supurantes expuestos a la lente a cambio de unas monedas, la fealdad de un mundo que intentaba encontrar su lugar en otro mundo, en cualquier mundo. Ahí cabe también, como una ‘performance’ sublime, la Ucrania del Maidán, con su aliento de rebelión posmoderna y mercado oriental. Y a ese porvenir hinchado de pretérito pertenece sobre todo ‘DAU’, el proyecto más alucinante de reedición cinematográfica del pasado soviético, que fue construido y filmado en la Járkov poscomunista. Con su ilusión y su violencia, su cientificismo y su tensión utópica, su miseria y su inhumanidad, su relato inclemente del Human Zoo del totalitarismo, ‘DAU’, como toda Ucrania, mira a un tiempo al pasado y al futuro. Y lo hace con el entumecimiento del terror y la insolencia de la revuelta. Por cierto, el artífice de ‘DAU’, Iliá Krzhanovski, es director artístico también del Memorial Babi Yar, el centro dedicado a la memoria del Holocausto que se ha construido a las afueras de Kiev.
Cuando pienso ahora en la capital de Ucrania me viene a la mente la urdimbre de las catacumbas del Monasterio de las Cuevas. Me veo bajando por unos escalones, los pies resbalando sobre un suelo mohoso, me embarga el olor a humedad. Escribo a la amiga con la que hice aquel viaje. Le pido detalles de su propia experiencia. «No recuerdo que visitáramos esas catacumbas», me dice Elina. Por un instante temo estar ante un recuerdo construido, como tantos otros que usurpan un sitio en mi memoria que no les pertenece, impostores cargados de argumentos verosímiles. ¿Serán el genio y la cifra de Ucrania, esa reunión de retales en el borde de los imperios y el almanaque, los que han fabricado esa experiencia tan vívida como puesta en duda?
Sinceramente, no lo sé. Pero sí que vale mucho la pena que sigamos mirando a dónde quiera que esté Ucrania cada vez que la busquemos en el mapa o el calendario.
Jorge Ferrer (La Habana, 1967) es escritor, periodista y traductor literario
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Jorge Ferrer - 14/08/22
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La columna “Los lametones del Kremlin” de Jorge Ferrer fue publicada en el diario El Mundo el 14 de octubre de 2021.
El original se puede leer aquí.

Los lametones del Kremlin
Por Jorge Ferrer
La penúltima ocasión en la que un ruso recibió el Premio Nobel de la Paz fue en 1990. Se llamaba Mijail Gorbachov y era sólo ruso a medias, porque era también soviético. No cualquier soviético, por cierto, porque era uno que había puesto fin a una guerra, aun si fría, y parecía haberle bajado la persiana a un siglo. Tampoco fue un soviético cualquiera el único otro ruso que recibió ese galardón. De hecho, el físico, opositor y referente moral Andrei Sajarov, cuyo nombre lleva otro premio, a la Libertad de Conciencia, que concede el Parlamento Europeo desde 1988, practicó una de las maneras más elegantes de ser un ciudadano soviético, que era ser antisoviético.
Treinta y un años más tarde, el pasado viernes, el periodista Dimitri Muratov se convirtió en el primer ruso a secas que recibe el Premio Nobel de la Paz. Le fue concedido junto a la periodista filipina Maria Ressa, cuyo medio digital, Rappler, es un muro de resistencia a la vulgaridad autoritaria de Rodrigo Duterte.
En Moscú, en Crimea, en Chechenia y en el este insurgente de Ucrania, Muratov se las ve con otra vulgaridad y el Comité noruego ha hecho bien en reunir dos casos que se parecen como dos gotas de agua, el agua sucia de estos tiempos en los que el periodismo es acosado, a un tiempo y en muchas esquinas del mundo, por la precariedad, el poder autoritario del Estado y el desprecio por la verdad y la libertad.
No obstante, la concesión a Dimitri Muratov de un galardón tan significativo como codiciado ha tenido una recepción dispar en Rusia. Y no, no se trata de la disparidad prevista en un terreno político convencional, donde un acto político de esta envergadura encontraría la alabanza de los propios y el reproche desdeñoso de los ajenos. Nada es convencional en el poscomunismo ruso, un campo minado donde patriotismo rima con anexión, la de Crimea, y el liberalismo democratizador es tildado, como en la Rusia zarista, de rusofobia.
De modo que, si bien la mayor parte de la oposición al putinismo, un magma dostoievskiano que se mueve entre el nihilismo y la exhortación, saludó el premio al periodista y editor, algunos deploraron que no fuera Alexei Navalny el que se llevara un reconocimiento que creían tenía concedido de antemano. Navalny, el opositor más célebre al Kremlin, lleva preso desde el 17 de enero pasado, cuando volvió a Rusia desde Alemania, donde le salvaron la vida después de haber sido intoxicado con el agente nervioso novichok y nada parece indicar que vuelva a tomarse un helado por las calles de Moscú en los próximos años.
Paralelamente, y en un movimiento algo desconcertante, Dimitri Peskov, el portavoz del Kremlin, felicitó a Dimitri Muratov por la concesión del premio con elogios de las que antaño se dedicaban a los camaradas: «Es alguien que trabaja de manera consecuente persiguiendo sus ideales, y a ellos se debe. Es un hombre de talento, un hombre valiente», dijo. Sus palabras, construidas con esa espléndida mezcla de cinismo y cálculo que es propia de uno de los hombres fuertes del entorno de Vladimir Putin, enturbiaron el ambiente.
La ofensiva del Kremlin contra la oposición y la prensa independiente ha sido feroz en el último año. Desde el mes de abril pasado, sesenta y ocho periodistas y medios de comunicación han engrosado la lista de «agentes extranjeros» que alimenta el Ministerio de Justicia ruso en una estrategia eficaz de llevar a esos medios al cierre y conducir a los periodistas críticos al silencio o el exilio. Novaya Gazeta, el semanario que dirige el premiado Muratov, no ha entrado en ese registro y el Kremlin felicita a su redactor jefe por el reconocimiento que ha merecido en Occidente su independencia. El mensaje que manda el poder de Moscú no puede ser más claro: aquí hay prensa independiente, hay periodistas que ejercen el oficio de acuerdo a sus ideales y el Kremlin los tolera y hasta los felicita. Esto sucede, además, a pocas semanas de que Muratov escribiera una columna en la que criticaba la estrategia del «voto inteligente» propugnada desde prisión por Alexei Navalny, en un gesto que muchos opositores no entendieron y repudiaron.
Es difícil saber cuánto molesta el sabor de la fruta envenenada del elogio gubernamental a Dimitri Muratov, que ha visto morir a seis de sus colaboradores en estos años. A Anna Politkovskaya, por ejemplo, asesinada a tiros en el portal de su casa. Más importante aun es saber cómo gravitará ese premio en el porvenir inmediato del ejercicio del periodismo en la Rusia postcomunista. Los regímenes autoritarios como el ruso, que en estos menesteres cuenta con un pedigrí insuperable, lo pudren todo y a todos buscan pudrir con la saña de su acoso y la saliva ponzoñosa de sus lametones. No iba a librarse de ninguna de esas molestias el tercer Nobel de la Paz nacido en el país que se ufanaba de ocupar la sexta parte de la tierra firme del planeta.
- Jorge Ferrer es escritor.
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Jorge Ferrer - 14/08/22
Categoría: Cambios en Cuba, Castro & Family, Democracia, En El Mundo, Poscastrismo, Poscomunismo | Etiquetas: Cuba, democracia, En El Mundo, oposición, transición
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La columna “Liberar una isla menguante” de Jorge Ferrer fue publicada en el diario El Mundo el martes, 14 de diciembre de 2021.
El original puede leerse aquí.

Liberar una isla menguante
Por Jorge Ferrer
Hace unas semanas, mientras Cuba se abría hueco a codazos en el zumbido de la conversación digital con la convocatoria de una marcha de protesta que se prometía crucial, Netflix anunciaba su blockbuster navideño con una frase que parecía aludir a la difícil relación entre los deseos de quienes quieren dar por finiquitadas las décadas de poder revolucionario en la isla y la tozuda realidad de las cosas. Con traviesas pausas en medio, el anuncio de la película declaraba: «Basada en hechos reales… que no han ocurrido todavía».
La protesta convocada en Cuba el pasado 15 de noviembre en la estela del desborde de las calles que se produjo el 11 de julio fue abortada por un descomunal dispositivo policial y parapolicial. Su convocante, una plataforma que acumula sueños y denuncia pesadillas en Facebook, vio a su promotor tomar enseguida un avión a Madrid en una huida del país; una realidad tan irritante como enternecedora. Paralelamente, y como para probar aquello de que Dios aprieta, pero no ahoga, la disidencia se pudo felicitar tres días después por el Premio Grammy Latino para el tema Patria y vida, al que algunos le han concedido la estatura de himno de las protestas. Exactamente como se hizo en 1991, a rebufo de la caída del Muro de Berlín. La canción Nuestro día del sonero de Miami Willy Chirino, con su pegajoso estribillo «ya viene llegando», auguraba el derrumbe inminente de la dictadura de La Habana. Hace ya 30 años que el himno del optimista Chirino inflamó a los anticastristas. Como hace ya 16 que Fidel Castro abandonó el poder para encerrarse en el cuarto de baño de su residencia a garabatear reflexiones milenaristas y encontrar la muerte. Hay que contar con esos guarismos y cargar con ellos si queremos entender lo que Cuba es hoy y, sobre todo, lo que no será al son de himnos de fin de semana o volátiles líderes. Porque desconocer esa extenuante duración del régimen, aun después del hundimiento del mundo que le servía de sostén y la desaparición del líder carismático que lo fundó, confunde tanto a actores como a espectadores de esos «hechos reales» aún por venir.
No es un secreto para nadie que el campo de batalla en el que se libran las sucesivas escaramuzas por la libertad de Cuba es distinto hoy. Hay cuestiones que son ya moneda común, como que la contestación es liderada por una generación nacida en los 90 o los 2.000, que ya no tiene ataduras sentimentales o ideológicas con la revolución. O que el acceso a internet dota a la contestación de herramientas que sirven para comunicar y, por lo mismo, cohesionar a las fuerzas favorables al cambio. O, también, que la extensión del trabajo por cuenta propia y la porosidad de la frontera que separa La Habana de Miami, dos factores puestos en suspenso durante los casi dos años de pandemia global, regalaron a muchos cubanos una independencia económica del arbitrio totalizante del Estado de la que no se había gozado en la isla comunista jamás.
Pero hay también otras variables en juego. Para la generación de cubanos que buscan hacerle oposición hoy desde el periodismo, el arte o la calle, su adversario no es una revolución, sino una máquina autoritaria que tiene al país apartado del mundo. Y si alguna fuerza los mueve, más que la de vivir con dignidad y acariciar sueños asequibles, es la de romper la soledad que el régimen se ha impuesto, tan cómodo hoy en la solipsista exposición de sus agravios, como antes lo estuvo buscándole las cosquillas al mundo.
La Cuba castrista, en tanto que actor y símbolo, ha perdido su ambición. Una ambición que la mantuvo durante años en el vórtice del mundo. Aquellas ideas de antaño podían ser perniciosas o felices pero que tenían la virtud de ubicarse en el centro de la conversación pública internacional: la dinámica postcolonial o el acoso al Apartheid en Sudáfrica, el endeudamiento del mundo subdesarrollado o la posición de los países del Sur en el diferendo bipolar de la Guerra fría, por ejemplo. El atractivo de Cuba, entonces, radicaba en su vocación de participar de los debates globales. Incluso cuando el anciano déspota peroraba sobre el fin del mundo en sus reflexiones postreras, desechos de un iluminado senil, se apreciaba la vieja vocación de insertarse en los debates del porvenir, del cambio climático en adelante. Pero esos fueron los últimos estertores del dictador y de aquella Cuba.
En la última década Cuba no es más que un pequeño país replegado en su abismal insignificancia, y el clamor de estos jóvenes intelectuales y artistas es el de la ambición por formar parte de los debates del mundo. Pugnan por ser parte de los reclamos de su tiempo. De ahí la en ocasiones pueril declamación de su condición de progresistas, una que denota el ánimo de apartarse de las generaciones anteriores de anticastristas, pero sobre todo las ganas de enrolarse en los pelotones de la rebelión global.
El déficit de legitimidad generado por la sustitución de la generación de los Castro por funcionarios y tecnócratas desprovistos de cualquier atractivo carismático o eficacia en la gestión de la pobreza socialista coloca a los opositores actuales ante un régimen que es a la vez más fácil de enfrentar y más difícil de batir. Lo primero, porque tiende a convocar cada vez menos condescendencia de la comunidad internacional y mucha más antipatía en las clases menesterosas de la sociedad cubana, que son todas menos la claque bendecida por las pistolas, las prebendas o los últimos jirones de la ilusión. Pero esa virtud tiene también su correlato drástico. Ahora, ensimismado y brutalizado, al régimen de Miguel Díaz-Canel ya no le importa comportarse con la obscena violencia que hemos visto a lo largo de este último año: la militarización de las calles, la cárcel, los arrestos domiciliarios sin juicio, el exilio forzoso de los actores incómodos…
En el mapa en el que se moverán la política y la economía cubanas en los próximos años, un barro discursivo agitado por un nervioso adhocismo con ecos del postcomunismo autoritario de Putin y Lukashenko, se continuará librando la batalla de los cubanos contra la pesadilla castrista que ha sobrevivido a los Castro. Casi todo ha mutado ahí: el liderazgo, los actores de la rebelión, las generaciones que se enfrentan. Lo único que no parece haber cambiado es la rotunda renuencia del Estado a concebir un país donde quepan todos los cubanos. Su pertinaz vocación de represión y autobloqueo. Como si además de menguar la ambición de sus élites, la isla menguara también en territorio y, siendo cada vez más estrecha, no fuera capaz de acomodar en los predios de su silueta de playa y mangle a todos los que nacieron en ella.
Jorge Ferrer es escritor cubano.
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