Jorge Ferrer - 24/06/10
Categoría: Memoria, Urbanas
Imprimir
Hoy hace dieciséis años que llegué a Barcelona. Y aquí me he quedado.
Llegué al amanecer de un 24 de junio desde Francia, cruzando una frontera donde aún te exigían mostrar el pasaporte y uno se exponía a la suspicacia de los oficiales de aduanas y la amaestrada curiosidad de sus perros. Una frontera de hocicos a la que llegué en tren al que subí en la Gare d’Austerlitz, viaje que evoco en un capítulo de Minimal Bildung.

La ciudad a la que salí desde la Estación de Sants olía a humo y cenizas. Los restos de la noche anterior, la de San Juan ―la misma ruidosa noche de fiesta pagana cuyo estruendo persistente me llega ahora desde la calle―, todavía estaban a la vista.
No parecía auspicioso aquel paisaje. De hecho, para alguien que había dejado un ordenado, lánguido y estival París la víspera, la Barcelona marcada por las huellas de la piromanía desenfrenada parecía más bien un sitio del que huir.
¡Qué va! Todo era máscara. Mero susto. Puro humo, que habría dicho GCI.
Vivir aquí es también una fiesta innombrable. Vivir lo es.
Lo comprobarán otros que lleguen hoy a esta ciudad. Y alcancen a contar dieciséis años de dicha.
Les doy aquí formal aunque virtual bienvenida, desconocidos conciudadanos.
© www.eltonodelavoz.com
Jorge Ferrer - 28/05/10
Categoría: Urbanas | Etiquetas: Mimbres de la Voz
Imprimir
He contado cinco zapatos abandonados en la calle esta noche, paseando a Bruno. Apenas dos hacían el par.
No los habría notado, probablemente, pero a los perros les gustan los zapatos como a cierta cónsul ahora célebre morder. Sniff, grrr…
Ay, los perros. Cosa de instinto. Dónde mear y dónde mear y dónde mear.

La ciudad vacía, una ligera llovizna, un reggaetón bajando desde un entresuelo que ya se me va haciendo molesto, noche a noche. ¡Imagínense a quien viva en el Primero al que sirve de pedestal! Y Bruno entretenido con zapatos ajenos y viejos.
Alguna vez he contado mi encuentro con un tipo que agonizaba a cincuenta metros del MACBA. Tal vez en ETDLV, no sé bien. La horrorosa circunstancia de ver morir a un hombre, los esputos de sangre del tamaño de los labios, en la calle de una ciudad próspera y, diríase que, pacífica, pacificada. Hoy lo recordé, a aquel hombre que vi morir, a la vista de tanto zapato menesteroso de pie que lo calzara. Aun cuando sé que no saldré a la calle mañana a encontrar a los tullidos, los amputados, que los han hecho prescindibles.
No vivo en una ciudad en guerra. Vivo en un barrio donde los jueves, las noches de los jueves, son el día y las horas de sacar de casa aquello que ya no nos sirve.
Los zapatos con que la hollábamos hasta ayer, por ejemplo.
Una ciudad de mierda, Barcelona, o una ciudad estupenda, Barcelona, ¿quién lo sabe?
Lo sabrán, si acaso, los zapatos de la ciudad descalza.
© www.eltonodelavoz.com
Jorge Ferrer - 24/01/10
Categoría: Urbanas | Etiquetas: Mimbres de la Voz
Imprimir
Coincidimos en la acera desierta. Llovizna. Son pasadas las once de la noche en Barcelona.
He sacado a pasear a Bruno y me protejo de la llovizna con un paraguas que M. me trajo alguna vez de Washington. Un souvenir nada extraordinario, y con un cierto aire de feria, pero que cumple sobradamente su doble función. Al abrirlo se despliegan las barras y las estrellas de la bandera norteamericana. Es, pues, eficaz souvenir de Washington y sombrilla de recia arquitectura. Jean Baudrillard se ocupó alguna vez de ese preciso objeto, creo recordar.

Ajeno al «sistema de los objetos», Bruno ha sentido de pronto la llamada de los intestinos y se agacha para defecar. Con gesto mecánico, extraigo del bolsillo el rollo de bolsitas de nylon, perfumadas y negras; desgajo una para recoger las heces. Somos cuadrúpedo y bípedo cívicos Bruno y yo. Bruno lo ha sido tanto en esta ocasión que la defecación ocurre justo al lado de un contenedor de basura.
En ese instante se acerca un árabe arrastrando un carrito. Es uno más de los centenares, probablemente millares, de personas que sobreviven en esta ciudad gracias a la basura que recogen. El perro que caga en la acera y el kafir (كافر) protegido de la llovizna por la bandera norteamericana le impiden llegar a la basura que le da de comer. Lo miro y esbozo una vaga sonrisa que quiere ser una disculpa. Ya Bruno acaba, por suerte, así que me agacho, recojo las heces y las lanzo al contenedor, cuya tapa, al abrirla accionando el pedal, tropieza con «la bandera norteamericana» y me hace trastabillar.
No recuerdo haber visto en mi vida mirada de desprecio ―¿o era lisa y llanamente odio?― como la que ese hombre lanzó al infiel que recogía con sus manos la mierda de un animal impuro mientras lanzaba torpes estocadas con la bandera de los Estados Unidos.
Si algún día ese tipo decidiera hacerse estallar para matar infieles ―algo por demás prácticamente imposible en términos estadísticos: 1) porque de los poco menos de 1.400 millones de musulmanes apenas unos escasos centenares escogen el camino del martirio y 2) porque no son los musulmanes pobres quienes suelen inmolarse―; pero si lo decidiera, digo, tengo para mí que lo último que recordará para darse ánimos antes de manosearse el calzoncillo-bomba será esta inocente escena urbana.
Ojalá la más sensata de la huríes que le correspondan lo avergüence espetándole con virginal sentido común: «Chico, pero si aquel cubano no hacía más que pasear al perro».
© www.eltonodelavoz.com