Putas contraseñas

- 17/05/10
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Skype, Facebook, Twitter, Rebtel, Spotify, Vkontakte, la banca online, GoDaddy, WordPress, Odnoklassniki, PayPal, una veintena de publicaciones digitales a las que estoy suscrito, cuatro direcciones de correo electrónico, servicios de venta por internet –Amazon, eBay, alibris, Fnac, y aquí largo etc.―, portales varios para descargar archivos o subirlos ―Scribd, Youtube, Megaupload…―, redes de bibliotecas online, enciclopedias y diccionarios especializados, páginas de «ocio» ―¡eh, tranquilitos, malpensados!―, etc., etc.

Para todos, nombre de usuario y contraseña. Los primeros más o menos los comparto, de manera que me basta media docena. Las segundas son casi todas distintas, obediente que soy a las recomendaciones de los portales que advierten de la posibilidad de que alguien se haga con mis señas y se pasee por el interior de mis lecturas, se embolsille mi dinero o descubra una a una mis aficiones. El caso es que los passwords, o contraseñas, que utilizo pasan de la treintena.

Así, la opción «recuperar la contraseña» se ha convertido poco a poco en mi obligada amiga predilecta.

eye-ojo-blade-runner

En Blade Runner, una de las diez obras de arte más acabadas del último tercio del siglo pasado ―Madonna, las flip-flops (lo que los cubanos llamamos chancleta «metede’o») como objeto pop y el Millenium Bug son otras tres―, leer los espasmos del iris es la herramienta que permite distinguir a humanos de replicantes.

Sé que muchos protestarán cuando semejante tecnología se cuele en nuestras casas y sea a golpe de pupilazo que accedamos a la Internet «privada» de cada cual. Dirán que alguien nos podría robar los sueños mirándonos a los ojos desde Silicon Valley.

Bah, los sueños. Esos muebles menesterosos de tapicero.

Yo ya voto porque así sea, porque un gadget que escrute mi ojo, o ambos, me permita prescindir de tanta identidad multiplicada, por sacudirme esta maraña de nombres y contraseñas que ya apenas recuerdo, porque se comuniquen mi carne y la Internet, siquiera en forma tan dudosa como ésta en la que ya se comunican mis huesos y mi nombre propio.

Y si alguien tratara de aprovecharse desde el otro lado, siempre podré asustarlo ―bueno, y también tentarlo― con lo que han visto los ojos de los que creo ser dueño.

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Otro Jorge Ferrer

- 10/05/10
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Tengo un «friend» en Facebook que se llama Jorge Ferrer.

Es otro Jorge Ferrer. Como yo soy uno más y apenas eso. En el listín telefónico de Barcelona constan cuatro más. También sé de otros, porque me llegan los RSS de entradas que anotan esa secuencia entrecomillada de nombre y apellido y entre ellos hay empresario muy activo, jefe de policía en región de Argentina, diplomático cubano, futbolista de no recuerdo ahora qué liga y hasta un cantante o animador.

facebook_logo

Hace meses Jorge Ferrer me envió una invitación o como quiera que eso se llame. Lo hizo por la coincidencia de nombres. Y yo acepté, naturalmente. Hasta donde algo puede ser «natural» en Facebook o semejantes aldeas digitales.

Hice bien.

Jorge Ferrer, mi «friend» en Facebook, es colombiano, estudia derecho, es muchísimo más joven que yo y a juzgar por las fotos que sube a su Wall se beneficia de vez en cuando a unas colombianas que me lucen la mar de apetecibles. «¡Bien por Jorge Ferrer!», me digo cada vez que veo a alguna de sus conquistas. Y siento un ridículo orgullo, como si fuera yo el beneficiario de las carnes y los «papito» de esas nymphets ―con Nabokov.

(Ahora se me ocurre que puede que no debí anotar esto último, porque hace un tiempo Jorge Ferrer cambió su estado a «In a relationship» y va y le jodo la tal. Cuando lo hizo, por cierto, dije muy orondo en casa: «Jorge Ferrer va sentando cabeza». Y M. puso cara de eso-no-lo-voy-a ver-yo-jamás…)

Ayer alguien anotaba en la Wall de Jorge Ferrer: «caleño porfa no se le olvide llevarme el libro de ciencia y libertad el lunes q tengo q estudiar para el examen del cdc!!!»

No sé qué es cdc para esa «friend» de Jorge Ferrer, y a juzgar por el comentario también su condiscípula, pero este mediodía, cuando salía a comer a «El cubano», un restaurante que yo me sé en Sant Martí, donde gané, ya MUY bien comido, seis juegos de dominó ―sendas pollonas incluidas―, y apenas perdí dos, me detuve un instante en la puerta.

Sentía que olvidaba algo. «¿No tengo que llevarle un libro a alguien? Algo de Hayek, tal vez…», pregunté a M. Y ahí recordé que no.

Que eso le toca mañana a Jorge Ferrer. Al otro.

¡No te olvides, tocayo!

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Céline rodeado de silencio con esvásticas…

- 06/05/10
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¡Ya hay foto!

¡Céline el nazi! ¡El nazi Céline! ¡Ataja!

Teníamos los sobrados testimonios que Lumen nos empaquetó en su «primera época» y teníamos la correspondencia desde la cárcel, las escasas entrevistas. Contábamos, cómo no, con la abundante Céliniana: memorias, diccionarios, sesudas tesinas. Teníamos hasta legisladores censurando sus panfletos ―las Bagatelles pour un massacre, Les Beaux Draps, L’Ecole des cadavres…. Esos a la vez detestables y primorosos panfletos de Céline, todavía secuestrados al lector libre. Si libre ―de la censura propia y ajena; de sus propias manías― es algún lector. 

Sabíamos sin dudas que Louis-Ferdinand Céline ―aquel de cuyo Viaje al fin de la noche, traducido al ruso por los comunistas Elsa Triolet y Louis Aragon dijo Stalin que era uno de sus libros preferidos― fue antisemita rabioso y entusiasta pro-nazi.

Es que por saber, casi sabíamos que hasta los gatos le ronroneaban a Hitler en la casi siempre estival abulia de Meudon.

Con Céline, menos leerlo hoy lo que merece, se ha hecho de todo. Lo ha hecho la moralita, ese mineral bulldozer de la memoria soi-dissant histórica.

Oh, pero ahora tenemos foto. ¡Fotazo, man! ¡Fotaza, tío!

celine-et-les-svastikas-canada-1938

Están que no se quieren esos de L’Express chupando memorabilia canadiense. El Adrien Arcand de Jean-François Nadeau, uff. Fiestecita en el Tubo y todo. ¡Lo han pillado, al avieso Dr. Destouches! ¡Vaya facha!

La «noticia» llevaba semanas corriendo por los reductos célinianos, pero ahora es bomba. Carita entre esvásticas. ¡Candela! Y sin «my bad». Que de eso, ay, no hubo.

La pregunta número tres, después de otras dos tan obvias que me ahorro anotarlas, es si esto ayudará a que se lea a Louis-Ferdinand Céline. Si esta «revelación» servirá para que en el sosito XXI se practique la lectura espasmódica a la que nos sometió el Maestro. Quiero pensar que sí, que sólo los atormentados son legibles aunque a ratos sean ilegibles.

Definitivamente, chico, Céline nos da más trabajo a los célineanos que Joyce a los joyceanos… ¡Y fíjate que es mucho decir!

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